Entre los diferentes sucesos que referimos al anciano, no omitió mi mujer la aventura de los tres platos de carne, de las tres sopas, de las tres legumbres y de los tres postres.
Lesperut nos dijo que no habiamos sufrido engaño alguno, puesto que aquello era una costumbre admitida en Paris.
Aquel aviso significa que los comensales tienen tres platos diferentes, de los cuales pueden elegir el que más les guste.
Lesperut se sonrió luego y añadió con extrema bondad: desde luego se ocurre que no habrá inventado esa costumbre ningun extranjero.
En efecto, la costumbre en cuestion no es ni puede ser otra cosa que una añagaza, inventada por el cálculo nacional para alucinar al hombre no conocedor del país. Yo no puedo suponerme tan inexperto, que vaya á presumir que sólo yo he sido víctima de aquella argucia. ¡Cuántas aves de paso habrán caido en las mismas redes!
Terminado por fin aquel banquete de familia, Lesperut se empeñó en llevamos al café que da vista al paseo del Palacio Real. Yo abrigaba el mismo proyecto, pero no tuve títulos para disputarle el derecho de agasajarnos. Estaba en su país, en su casa: él era el patron.
Al bajar la escalera del restaurant, el viejo soldado se cogió del brazo de mi mujer, con esa perfecta posesion con que un padre ó un abuelo se coge del brazo de su hija ó de su nieta.
Lejos de causarme inquietud ó embarazo alguno aquella buena fe cordial y espansiva, sentia veneracion y regocijo. Lesperut creia á no dudar que en aquel instante le acompañaba la administradora de correos, á quien ama con gran ternura, y no habia motivo para desencantarle de aquella ilusion virtuosa.
Estuvimos en el café hasta las ocho, y despues nos fuimos á sentar en una espaciosa glorieta que hay en medio de aquel paseo animadísimo, arca de la fuente donde los niños echan barquichuelos, ocupacion que es de mi gusto.
El viejo nos contó la siguiente historia, nutrida de detalles y pormenores que yo creo conveniente omitir, en gracia de la brevedad.