Habia ó hay un magnate francés, á quien las adversidades políticas llevaron emigrado á Lóndres. Allí contrajo relaciones con una señora, de la cual tuvo varios hijos, y á quien consumió una fortuna que consistia en diez y ocho ó veinte millones de reales.
Los tiempos mudaron, el emigrado pudo volver á su país, la suerte coronó sus fines, y juzgó llegada la hora de casarse, pero no con la inglesa, no con la madre de sus hijos, que permanecia en su país.
Sabedora la inglesa de los proyectos de su antiguo amante, vuela á Paris, habla con la futura esposa del personaje de esta aventura, la dice que no solicita que el padre de sus hijos les cumpla una promesa que habia empeñado tantas veces, sino que reclama el influjo de ella para que el padre no prive á sus hijos de la fortuna que tenian, y de la que les habia desposeido el antiguo emigrado de Lóndres.
Se ignora lo que hizo la futura esposa del magnate en cuestion; lo que se sabe es que á los pocos dias de esta entrevista, la inglesa recibia una órden de destierro, sin obtener auxilio alguno.
El magnate se casó por fin con la mujer que habia elegido últimamente, y tuvo de ella un hijo. Pero este hijo, por cierta circunstancia que debo callar, no deja satisfechas las aspiraciones de su padre, y hay quien espera que por último repudiará su esposa.
Si esta mujer influyó cruelmente contra la inglesa; si desconoció y afrentó de aquel modo los sagrados derechos de una mujer burlada y de una madre empobrecida; si esto es así (yo no lo afirmo, me guardaria muy bien de afirmarlo); si despues de esto aquella mujer se ve repudiada; si la nueva madre se encuentra defraudada y perdida en su corazon, puede decirse que la maternidad vino á suplir la falta de la ley que no castiga sino los delitos menos horrorosos, los delitos del débil y del pobre. Puede decirse que la maternidad, ese bautismo santo, esa hora divina de la mujer, vino á vengar en una esposa y en una madre el desafuero perpetrado en una madre y en unos hijos.
¡No hay que hacer de la vida un convidado de piedra, porque á lo mejor habla la sombra de D. Gonzalo!
Mi mujer y yo hemos tenido un pesar grave. Á través de la más delicada reserva, entre palabras de consuelo con que el buen Lesperut se anima, hemos penetrado que su hijo Hipólito le ocasiona sinsabores profundos.
¡Pobre viejo! ¿Quién habia de presumir que bajo aquella barba, blanca como la nieve, lustrosa y limpia como el raso, debian ocultarse las penas que causa un hijo desagradecido y volátil?
Desde este momento pierde Hipólito una gran parte de nuestra estima.