Le habiamos desmentido de una manera que le honraba, porque honraba al establecimiento; á veces un mentís es una victoria; pero al cabo le habiamos desmentido.
Vamos ahora al efecto de las figuras.
Al ver al viejo sentado en su poltrona, con la espalda un tanto caida sobre el pecho; con la frente un tanto caida tambien, como si las canas la agobiasen: al ver sus ojos que de soslayo y furtivamente miran á la muchacha como el milano mira á la tórtola, reflejando de un modo tan característico la sábia malicia de la experiencia; al estudiar la cara de aquel hombre, cuya mirada fraudulenta parece pasearse sobre la jóven, no pudiendo adivinar nosotros si se entristece, ó si se extasía devorando un goce que ha muerto en su organizacion, pero que vive y que palpita en su memoria y en su ansiedad: al mirar aquel corazon que ya no late en aquella vejez; al mirar aquella vejez que late aún en aquel corazon: más todavía; al contemplar las piernas del viejo, cruzada la una sobre la otra, mientras que la derecha parece moverse como si quisiera decirnos: ¡quién habia de pensarlo! ¡Quién habia de pensar que aquellos tiempos pasaran tan pronto!
Al estudiar tambien la actitud de la jóven que está de pié á su lado; al estudiar aquel aire confuso y vacilante, como si se hallase cercada por la mirada ávida del viejo, semejante á la cierva que oye gritos por todas partes y no sabe de qué modo huir, ni á qué punto correr: al estudiar el efecto admirable con que inclina la mano derecha que tiene la taza, mientras que la taza se ladea y va á verterse el chocolate; al comprender aquel doble efecto de la mano, doble digo, porque su inclinacion procede tanto del peso natural del plato y de la jícara, como de aquella especie de aturdimiento que la atribulaba: al contemplar estas figuras un hombre dotado de la emocion del arte, no puede menos de llegar á la evidencia perfectísima de que ni la escultura ni la pintura harian más.
Vamos al otro grupo.
La jóven está sentada en una silla; pero sentada como se sienta una muchacha que vive menos en sus órganos que en su sentimiento; como se sienta una mujer que todavía no ha amado, y cuya aspiracion suprema es amar; como se sienta esa mujer cuando tiene delante al hombre que ama. No se sabe si está sentada en una silla, ó si flota en el aire, como se mece un nido en el árbol, cuando lo agita el viento.
Mira hácia abajo, mientras que con el dedo pulgar y el índice coge un pliegue sutil en su falda. Entreabre y frunce los labios con violencia, como si temiera que se la va á escapar su secreto; y significando de un modo confuso la duda, el rubor y esa fantasía indecisa de un deseo vírgen, de un primer deseo; esa alucinacion con que nos seduce la idealidad milagrosa de una esperanza que nunca se ha sentido; la alucinacion que nos causa el agüero de un mago, cuando creemos en la mágia.
La situacion embarazosa y complicada de la jóven, contrasta vivamente con la sinceridad ingénua y cándida que destella el rostro de su amante.
¡Qué grupos tan portentosamente comprendidos, tan portentosamente ejecutados!
En fin, cualquiera que vuelva los ojos á estas figuras, pronunciará indudablemente las mismas palabras que llevan escritas al pié de cada grupo.