El segundo cuadro que miro representa á un guerrero jóven y entusiasta, el cual enarbola un estandarte en actitud de incitar á la venganza y á la guerra.

Cerca de él, una madre coge á su hijo, le sujeta frenéticamente con el brazo izquierdo, como si pretendiese unirlo á su corazon; y con los ojos ardiendo de ira, con la pupila dilatada y profunda por el dolor y por el espanto, con la cabellera descompuesta, con labio cárdeno, seco y convulsivo, hundiendo la nuca y alzando la frente, como el náufrago que saca la cabeza para que el oleaje no le confunda; la madre, la mujer de la Providencia, amenaza al guerrero con un ademan que trae á nuestra memoria las palabras de Agripa á Octavio: ¡levántate, verdugo! La madre no le dice levántate; le dice ¡calla!

Este cuadro es de una elocuencia arrebatadora; de una intencion sentida, concienzuda y fuerte. No hay espacio alguno entre la vista y la emocion. El sentimiento arrolla al juicio, lo absorbe, lo anonada: el juicio cae de rodillas y adora.

Este cuadro nos impresiona instantáneamente; nos impresiona de un modo profundo, sin que nos dé tiempo de deliberar acerca de si debe impresionarnos ó no, como el esquife que se pone sobre un torrente, no deja tiempo al marinero de echar el áncora.

Esto nos impresiona como el fuego nos quema: sin saberlo nosotros, aún contra nuestra propia voluntad. Ese es el arte; ese es el genio, ese es Vernet. Mientras que yo admiraba los pormenores más minuciosos de este cuadro maestro, mi mujer volvió los ojos al otro lienzo de pared, decorado por una pintura que representa á un hombre muerto, abandonado en un campo de batalla. ¡Qué solemnidad! ¡Qué grandeza! ¡Qué poesía! ¡Qué espíritu!

Aquel monton de carne está allí entre los pliegues de su vestido, como un trapo que se tira al suelo, y que contrae los dobleces á que le obliga su gravedad. Realmente, aquel muerto parece un giron lanzado á la tierra; un giron perdido entre sus mismos pliegues. Allá un árbol seco, allá una piedra negra; el hombre está en medio, está muerto y solo.

¡Qué conocimiento tan profundo, y qué sentido tan delicado! ¡Con qué seguridad se comprende aquí que no hay arte sin ciencia, que no hay imágen sin pensamiento! ¡Con qué evidencia se comprende aquí que no hay poeta sin que sea poeta y filósofo! Al ver aquel cuadro, al ver á un hombre muerto en aquel páramo, no podemos menos de hablar bajo como si estuviésemos en una iglesia.

Se supone que el guerrero del cuadro que examino murió hace algun tiempo, la sangre ha debido descomponerse por el rocío de la noche y la humedad natural de la tierra, y está amoratado, incomparablemente amoratado.

Me parece que si llevo la mano al semblante del muerto, aquel semblante se deshará como si fuera de salvado ó serrin.

Tiene la oreja empedernida y algo vidriosa; este viso cárdeno es mayor por detrás de la misma oreja, y se va extendiendo, aunque más apagado, por entre un cabello claro y flojo, como si aquella carne que se desorganiza no tuviese vigor para sujetar la cabellera.