Mi mujer se cubrió los ojos, y exclamó aterrada: no quiero ver más, no puedo estar aquí, y salió precipitadamente de la galería. Yo no pude dejarla sola, exponiéndola á que se extraviara entre la multitud que inunda estos salones, y no me ví con tiempo sino para clavar una mirada y distinguir lo que he descrito.

¡Desdichado de mí! He venido especialmente á Versalles para tener noticias de este nuevo género de pintura, y no he visto más que tres cuadros. Pero ¡qué tres cuadros! ¡Qué tres cantos tan grandes añadidos al inmenso poema del hombre! ¡Qué tres palmas más bellas coronando la frente ensangrentada del ilustre mártir!

Lo repito; el arte que en el trascurso de tantos siglos habia adulado al fuerte, al noble, al rico, al poderoso, vuelve hoy los ojos á un pobre soldado, á un hombre insepulto, á un giron de carne, destinado á servir de alimento á los buitres, y le levanta en esos lienzos un magnífico panteon. ¿Qué mausoleo de ningun magnate de la tierra vale tanto como esa pintura? Cuando vivia aquel pobre soldado, no tenia tal vez en el mundo ni casa, ni abrigo, ni familia; muerto y abandonado en aquel campo de batalla, Horacio Vernet le ha dado un palacio. De un hombre desgraciado ha hecho un héroe; de un infortunio, de una desventura, de un dolor, de aquella lágrima derramada allí, ha hecho Horacio Vernet una solemnidad, una magnificencia, una gloria. ¡Dios le dará toda la que merece por el bien que hizo al mundo, por el consuelo que da á mi corazon! El pintor deja el mundo, se va por el campo, halla un hombre muerto en un erial, lo coge y lo entierra. El pintor da tierra sagrada al infeliz cristiano que no encontraba una sepultura. Ese cuadro que miro y que venero, ese cuadro imponente y terrible, esa elocuencia fervorosa, esa poesía adorable, esa pintura inmóvil y solemne, esa íntima voz del alma que hace latir mi pecho, es un entierro, una limosna, una caridad, unas exequias. El pintor llora sobre aquel rostro mústio, sobre aquella carne amoratada, sobre aquel corazon helado. Horacio Vernet llora, escribe sus lágrimas en aquel lienzo, y el pobre soldado resucita, el muerto vive, el muerto es una creacion inmortal. ¡Y hay quien dice que el arte no influye en los destinos de la vida! ¡Y hay quien dice que el arte de Vernet es un arte gentil, protestante, revolucionario! ¡Pobre gente! Horacio Vernet llora por aquel hombre desamparado; Horacio Vernet le da sepultura, le da tierra sagrada; le hace esa última y suprema piedad; Horacio Vernet da al mundo una lágrima para que la vierta sobre esa tumba, esa tumba que él ha construido en ese cuadro, por que ese cuadro es una sepultura cristiana, la violeta que nace al pié de una cruz, el ciprés que se eleva en medio de una soledad: ¿y á eso llamais gentilidad, protestantismo, revolucion? ¿Enterrar á un cristiano insepulto es revolucion, protestantismo, gentilidad? Llorar por él, y resucitarlo con aquella lágrima de salud, ¿eso es gentil, revolucionario, protestante?

El arte de Horacio Vernet es el arte del infortunio, del dolor; el arte de la Vírgen María que llora por su hijo al pié de la cruz. En una palabra; la pintura de Horacio Vernet, es un arte que llora junto á un muerto; es un arte que llora, y el arte que llora no es el arte gentil, ni protestante, ni revolucionario.

El arte gentil rie. El arte protestante disputa. El arte revolucionario quema. Si algun arte llora en el mundo, desde la creacion hasta nuestros dias, ese arte es el espíritu del monte Calvario, el arte de un espíritu que redime al hombre á precio de martirio, á precio de llanto.

¡Bien haya el rey que amontonó estas piedras, para que vinieran á servir de alcázar á nuevos reyes! Sí; Luis XIV no es el gran rey de ese palacio; su gran rey es Vernet. Un pintor se ha convertido en un monarca; un pobre soldado insepulto, un pobre cadáver, se ha tornado en héroe. ¿Y creeis que eso ha podido hacerlo la gentilidad? ¡No! Hacer de una desdicha una esperanza, hacer de un dolor una magnificencia, hacer de una lágrima un poder y una gloria, corred el mundo de cabo á cabo, cavad la tierra de polo á polo, rebuscad la historia página por página, escudriñadlo todo, desde el abismo á las estrellas; yo os digo que si hallais en la creacion quien haga eso, será el cristianismo, el arte de la cruz, la lágrima de la Vírgen María, como he dicho antes, y no me canso nunca de repetir.

La lágrima fecunda y divina de la Vírgen cristiana, ese es aquel soldado muerto, esa es aquella sublime pintura, ese es el arte del Evangelio, ese es el arte del cristianismo.

Hemos almorzado en una fonda de la Plaza por trece francos, visitamos las fuentes, las más ricas del mundo en juegos de aguas, oimos la música militar cerca del estanque que está en último término, nos sentamos haciendo parte de la sociedad elegantísima que inunda esta esplanada; Vernet me llama y me reconcilia con ella; volvimos luego, tomamos el ómnibus, ya divisamos las torres de Paris: á las seis de la tarde nos apeamos enfrente del palacio de la Industria.

Al bajar del ómnibus, mi mujer y yo nos cruzamos algunas palabras: una de las señoras que esperaban sin duda algun amigo ó algun pariente, se acercó á nosotros y nos preguntó con el mayor afecto si eramos españoles.

Es de Zaragoza, hace cuarenta años que vive en Francia, se llama doña
Antonia, está casada con M. Houzé y vive en Passy, calle Mayor, núm. 38.