Estamos convidados para ir á comer mañana en su jardin.

No puedo más por hoy. ¡Adios, Vernet! ¡Adios, Versalles!

Dia décimo octavo.

Visita de un ingeniero, excursiones históricas, epigramas.

Estamos quietos y tranquilos en nuestra habitacion. La idea de Versalles nos preocupa absolutamente, como si no dejara espacio alguno en nuestras imaginaciones para otra idea ni otro recuerdo. ¡Qué alcázar! ¡Qué museo! ¡Qué salones! ¡Qué lujo! ¡Qué riqueza! nos decimos continuamente mi mujer y yo. Luis XIV no tenia necesidad de otro monumento que Versalles, para que la fama le festejara con el epíteto de uno de los reyes más galantes que conoce la historia.

En este momento sentimos que llaman á la puerta de nuestro cuarto; abro y me doy de cara con un ingeniero español, á quien vi ayer en una de las salas de Horacio Vernet. Sobre la escuela de este gran pintor, dije cuatro palabras en presencia suya; noté que me miraba con cierta sorpresa y maravilla; nos despedimos, ofreciéndonos mútuamente nuestras habitaciones en Paris, y seguramente no esperaba yo tener hoy el gusto de verme agasajado por su visita.

Le recibí con la franqueza alegre y cariñosa de paisano, porque paisanos son los compatriotas cuando se ven en país extranjero; le supliqué que se sentara; se sentó, y hubo un instante de silencio, ese instante en que cada cual piensa lo que ha de decir, ó sobre qué ha de hablar.

—Usted extrañará, dijo sonriéndose el ingeniero, que haya usado tan pronto del ofrecimiento que tuvo usted la bondad de hacerme de su amistad y de su casa….

—No, señor, contesté interrumpiéndole; tengo bastante con la satisfaccion de ver á usted en nuestra compañía.

Mi hombre inclinó cortesmente la cabeza, en señal de agradecer aquel cumplido mio, y me miró con el encogimiento inevitable del que viene á pedir alguna cosa. Yo le contemplaba de hito en hito, como para comprender sus intenciones, y ver en qué actitud debia esperarle. Hable usted con entera confianza, le dije, y á despecho suyo le cogí el sombrero que tenia en la mano, y se lo coloqué en una silla. Despues aproximé mi asiento al suyo, y le exhorté con una mirada de interés y de afecto.