—Es el caso, dijo animándose nuestro interlocutor, que tengo una viva curiosidad porque usted me explique lo que me dijo ayer en Versalles, sobre la pintura de Horacio Vernet. Yo soy ingeniero; entiendo algo de líneas rectas y de líneas curvas; pero no he estudiado hasta el presente la erudicion del arte, y no alcanzo bien el sentido de ciertas escuelas. Voy á confesárselo á usted ingénuamente. Todo lo que usted me dijo ayer sobre los cuadros de batallas, me pareció extraño y peregrino, hasta maravilloso, porque en aquellos cuadros veia yo una pintura desembarazada y atrevida, nada más. Horacio Vernet era en mi juicio un maestro de buenos arranques, de osada concepcion, de detalles felices, un poeta social, no un arte nuevo, no una nueva escuela, no una grande trasformacion, no un grande genio, como usted le llama. Esta poca importancia que yo atribuia á Horacio Vernet y á sus cuadros, debe provenir de que yo ignoro las revoluciones por que el arte ha pasado en la historia; debe provenir de que yo ignoro lo que ha sucedido en el mundo, y deseo vivamente que se tome usted la molestia de explicarme el asunto.

—Pues, amigo mio, dije al ingeniero; echando á un lado la humildad soberbia del hipócrita, contesto á usted que ha dicho muy bien. El arte tiene sus antigüedades, su arqueología particular, unida al espíritu de la historia, y es muy natural que no comprenda la importancia de Horacio Vernet, no comprendiendo la profunda significacion histórica de su escuela. Yo he estudiado algo acerca de esto, he aprendido un poco, nada más que un poco, y voy á decírselo á usted sin reserva ni ambajes, con la mayor ingenuidad del mundo, segun mi leal saber y entender, como decian tan admirablemente los antiguos.

El mundo, este prodigioso y múltiple espectáculo que nos rodea por todas partes, ha pasado por varios períodos, ha sufrido diferentes cambios; y á cada una de esas mudanzas, á cada una de esas renovaciones, por decirlo así, se ha dado el nombre de civilizacion; de modo, que podrémos decir que ha pasado por varias civilizaciones. Para el objeto que nos ocupa, bastará enumerar los períodos siguientes: período ó civilizacion del Asia; tiempos de Grecia y Roma; tiempos de Esparta; tiempos cristianos; tiempos feudales; renacimiento; edad moderna.

El Asia idolatró la materia de dos modos: la materia ruda, el monte, el volcan, la serpiente, el cocodrilo; y la materia elemental: la tierra, el aire, el agua y el fuego. La adoracion de la materia ruda es la que se llama fetiquismo, el cual comprende toda la historia de Siria y de Caldea; la adoracion de la materia elemental es lo que se llama sabeismo, el cual comprende la tan famosa civilizacion egipcia.

Los griegos idolatraron la materia tambien, pero de otro modo. La materia de los griegos no era la materia natural, la que encontraron en la creacion, la sustancia visible del universo; era una materia que ellos modelaron, era una materia artística. Propiamente hablando, los griegos no idolatraron la materia como los asiáticos, sino la forma, el contorno, la arquitectura. Aténas idolatró el arte, un arte bello en apariencia, feo en realidad; gracioso y seductor en la superficie, deforme y repugnante en el fondo; lleno por fuera, vacío por dentro. El arte de Grecia es un cuerpo hermoso que no tiene alma, como hay mujeres sumamente bellas que no tienen entendimiento ni corazon. Es un magnífico pedestal, pero sin estátua; un sábio geroglífico, pero sin pirámide; un arcano que no tiene misterios, ó bien un misterio que no tiene arcanos. El arte de Aténas es materialista, grosero, impuro. No importa que Vénus sea disoluta; el secreto está en que sea hermosa. No importa que el demasiado aroma emponzoñe el aire; el secreto está en que se queme aroma.

Esparta idolatró tambien; pero de otra manera, con otra intencion: es decir, con otra especie de idolatría. El ídolo espartano es la patria, y como el guardian de la patria era la guerra, el ídolo espartano es tambien la guerra. No hay individuo, no hay familia, no hay hogar, no hay casa; no hay más que nacion. El hombre se ha sacrificado al país; el fraile se ha sacrificado al convento; el creador se ha sacrificado á la criatura.

El Asia vivia en la fascinacion, Grecia y Roma en la fantasía; Esparta en el comunismo guerrero.

El Asia coge la religion, la ciencia, la moral, la política, el arte, todo, y lo quema en nombre del volcan ó del astro.

La Grecia echa por tierra el ara de aquellos sacrificios, remueve las arenas y las momias del Asia, cierne las cenizas del fuego pasado, coloca en la urna de su genio el polvo del arte, lo amasa á su modo, lo compone, lo crea, y quema todo lo demás en nombre de su hermoso y brillante ídolo.

La Esparta acude, ve que todo arde, que todo se sacrifica allí, alarga una mano atrevida, valerosa, pujante, y aparta sólo la política de aquel gran holocausto.