Materia, forma, patria, hé aquí los tres símbolos de esas tres edades, de esas tres civilizaciones, de esos tres grandes y célebres reinados históricos.
Nace despues en un cielo muy claro, muy limpio, muy sereno, muy apacible; nace, repito, el sol venturoso que alumbra un establo de la humilde Belém; nace el astro puro que vivificó todo el ambiente y toda la tierra; nace el astro que alumbró la venida de Jesus, y el hombre, sin conocerlo ni sentirlo, va penetrando en su raciocinio, en su conciencia, en su voluntad, en su imaginacion, en su sentimiento, en su creencia, en su trabajo; sin comprenderlo, sin adivinarlo, sin presumirlo, por virtud de un espíritu que está en la mente de la Providencia, como está el aire en los espacios de la atmósfera, el hombre comenzó á penetrar en todo él, á comunicarse con él mismo en todas sus fuerzas y relaciones; comenzó á conocerse, á conocer al hombre, á conocer la naturaleza, á conocer á Dios. El hombre cristiano vivió para la ciencia, para la moral, para el dogma, para la política, para el arte, para la industria, para el comercio, para el oficio, para todo lo que encontró en el universo; porque ese universo, todo ese cúmulo de poder, de grandeza y de gloria, era la alta ciudadanía que daba Dios al nuevo ciudadano. ¡Mudanza portentosa! ¡Trasformacion inconcebible y adorable! ¡Catástrofe divina! El mundo piensa, cree, elige, discute, imagina, siente, trabaja; calla la sinagoga judía; callan los agüeros paganos; callan los oráculos gentiles; callan los dioses mitológicos; callan los geroglíficos egipcios; los ídolos callan, callan para siempre; muchas sepulturas se abren, muchos muertos asoman…. Otro mundo principia, otro rey manda, otro Dios gobierna.
El Asia, Grecia, Esparta y Roma, dieron al hombre lo que ellas crearon para él.
El cristianismo ha dado al hombre lo que para él ha creado el cielo.
El mundo se creó sustancialmente en el génesis de Moisés.
El mundo se creó espiritualmente en el génesis de Jesus.
El cristianismo es la renovacion moral de la vida; la reconstruccion de la primitiva casa del hombre. Para el espíritu de la moral cristiana, el ciego ve, el sordo oye, corre el tullido, sana el enfermo, el pobre es rico, el pequeño es grande, el ignorante es sábio, el extranjero es nuestro hermano…. ¿No le parece á usted todo esto inmensamente grande? ¿No le parece á usted inmensa y providencialmente grande, inmensa y santamente providencial, providencial é inmensamente santo?
—Sí, señor, contestó el ingeniero.
—Pues bien, repuse yo, ahí está Horacio Vernet; ahí están los cuadros de Versalles; ahí están aquellas preciosas batallas.
Cada una de las renovaciones que ha operado en el mundo la ley cristiana, tiene sus artífices, sus personajes, sus creadores, sus artistas históricos, si así puede decirse. Uno de esos grandes artistas, de esos creadores, de esos personajes de la historia; uno de esos grandes obreros del gran taller, del taller cristiano, es el modesto, el retirado, el humilde, el glorioso Horacio Vernet. Horacio Vernet es en pintura, lo que San Bernardo en religion, lo que San Agustin en moral, lo que Descartes en filosofía, lo que Bichat en ciencia, lo que Federico de Prusia en política, lo que Guttemberg y Colon en el invento, lo que el Dante en la poesía épica, lo que Petrarca en la poesía lírica, lo que Shakspeare en la dramática, lo que Cervantes en el romance y en la novela, lo que Bellini é Hyden en música, lo que Montgolfier, Vaucauson y Fulton en industria y comercio. Un gran renovador de la humanidad, un poderoso artista de la historia, eso es lo que vimos ayer en Versalles; ese es Horacio Vernet.