A renglon seguido me preguntó cuándo nos veriamos; le ofrecí visitarle; se despidió con un hidalgo y fervoroso apreton de manos, y mi mujer y yo quedamos solos. Mi compañera se vistió en un santi-amen; cátanos en la calle, mi querido lector, á los pocos minutos.
Apenas salimos del portal de la fonda, cuando veo pasar á una jóven muy alambicada, con mucho adobo, mucho menjuge y alguna sobra de eso que llaman colorete, la cual volvia el rostro con mucha frecuencia. Á mí se me ocurrió la siguiente quintilla, sin embargo de no pertenecer al gremio de los trovadores.
Vuelves el rostro bruñido;
¿Qué se te perdió, doncella?
Y contestó un atrevido:
«No, nada se la ha perdido,
Es que se ha perdido ella.»
Seguimos hasta la calle de Richelieu, y al doblar á mano derecha, como quien va al boulevart de los Italianos, vemos dos señoras que se apean de un coche. La una es de cierta edad, y va vestida como conviene; la otra es jóven, vivaracha como una ardilla, debe hablar como una cotorra, y lleva un aderezo encarnado con lazos rabiosos, hojuelas doradas y relumbrones. Al ver tanto arrumaco, y tanto perifollo, y tanto ringorrango, y tantos peregiles, como decimos por allá, se me ocurrió otro verso.
Tan compuesta ayer te ví
Que loco me enamoré;
Mas la verdad, hoy no sé
Si fué del traje ó de tí.
Esto debe decirse de todas las jóvenes que, llevadas de la pasion funesta de que las adoren por el vestido, suponen al traje un encanto que es el secreto de la modestia, del recato, de la sencillez y de la virtud. ¿No conocen las jóvenes que una tela no puede inspirarnos amor? ¡Quieren ser ídolos muy ataviados, muy bonitos por fuera! ¡Ay! Ese ídolo es adorado un dia, luego se ve que es barro; el idólatra se avergüenza; se retira á escondidas del falso culto, y el dios fingido cae del altar. Esos lazos color de sangre, esas hojuelas relucientes, esos reflejos y esos prismas, son teas engañosas que alumbran en la calle, en la tertulia, en el festin; el interior de la casa, el interior de la familia, el corazon del hombre está á oscuras.
Limpieza, recato, virtud y una flor, una flor sencilla, una flor del campo, una flor pura y olorosa: hé aquí el traje más rico de una jóven; hé aquí la gala más preciosa, la de más efecto, la que más enamora á los hombres sensatos, á los hombres que son capaces de hacer feliz á una mujer. Si el cielo me hubiera concedido una hija, no me cansaria de repetírselo dia y noche. El lujo, el excesivo ornato, el loco deseo de dar al artificio lo que debe ser obra de la naturaleza; más claro, el extravagante y loco deseo de encantar al hombre, presentándose á sus ojos con el ridículo atavío de una muñeca, cuando Dios no ha dado aquel encanto á la muñeca, sino á la mujer, es positivamente lo que ha causado más desgracias en este mundo, y desgracias las más irremediables y lastimosas. Aquella pasion funestísima, aquel prurito inconcebible, ha hecho más víctimas que las pestes, las plagas, las hambres y las guerras. Es un cólera morbo que no se va nunca, que siempre está diezmando la poblacion. Es el vómito negro, ó la fiebre amarilla de las mujeres; la más peligrosa y pestilente de las enfermedades endémicas.
Jóven, en cuyas manos caiga por casualidad este libro, cree lo que te dice un hombre que tiene ya canas, que comprende algo de los achaques de la vida, algo de los achaques de la mujer, y que sin conocerte, desea verdaderamente tu felicidad, como desea la felicidad de todo el mundo: no te dejes llevar de reflejos que lucen por fuera; no ahogues tu alma, no ahogues tu corazon, no ahogues un deseo que te ha dado el que creó el sol y las estrellas; no ahogues el encanto que te ha dado Dios, el encanto que está en tí misma, que va contigo; no ahogues esa virtud divina dentro de una hojuela dorada, de un lazo encarnado, de un prisma azul ó verde. No sacrifiques el brillante que se cria en el cielo y en tu alma, al otro diamante que se cria en el monte, y que puede ser el pago infame que da el vicio á la mujer que pone en olvido sus deberes. Yendo muy compuesta, puede suceder que te mires un dia al espejo, y que palidezcas y te sonrojes. Yendo aseada y limpia, limpia de alma y cuerpo, mírate al espejo sin cuidado; mírate cuando quieras; la mirada ingénua de la que obra bien llenará tu pecho de alegría. No lo olvides por Dios, jóven que leas estos pobres apuntes: limpieza, recato, sencillez, virtud y una flor; deja lo demás al cuidado del cielo; un hombre te amará, te amará de veras, como tú deseas ser amada, y serás venturosa hasta en tus hijos.
Es casi seguro que mis lectores se cansarán de estos sermones indigestos; pero me atrevo á suplicarles indulgencia, en gracia al menos de la buena intencion con que lo hago. ¡Quién sabe si alguna mujer, al ver estas líneas, sale del abismo de la perdicion, del abismo del lujo, de la idolatría de los aderezos, de las joyas y de las galas! ¡Quién sabe si mis fervorosos consejos pueden hacer algun bien en el mundo! El verdadero escritor, el escritor de buena fe y de buen deseo, es tambien un ministro de la moral, un sacerdote de la religion. Mi querido lector, perdóname. Imploro tu indulgencia por mis predicaciones, y vuelvo á predicar cuando quiero excusarme de haber predicado. Hago lo que aquel que se arrepentia de arrepentirse de haberse arrepentido.
Salimos al alegre y hermoso boulevar de los Italianos. ¡Greñas de Sanson! Las fotografías inundan este pueblo, como la langosta inunda los campos. Retratos para medallones, para sortijas, para guardapelos, para tarjetas, para cartas, para todo. Creo que llegará tiempo en que un zapatero ponga su retrato fotografiado en la suela de cada zapato que hace, y en que los aguadores peguen tambien su estampa con engrudo, en el frontispicio de la cuba, como medio de identificar la persona. Creo, y lo digo formal, que dentro de poco serán inútiles las cédulas de vecindad, llevando cada cual su fotografía en el bolsillo, ó pegada al pecho á guisa de medalla ó de cruz. El fotógrafo sucederá al agente de policía. Á mí se me ocurre otro verso: