Durante once minutos que he permanecido cerca de la esquina, han atravesado el bulevar de los Italianos cuarenta y nueve ómnibus con veinte personas cada uno, diez en el interior y otras diez en el imperial. Suponiendo que en el trascurso de toda la carrera se renueven tres veces los pasajeros, los cuarenta y nueve ómnibus operarian un trasporte de cuatro mil personas próximamente.

Este cálculo no debe parecer exagerado á los lectores, cuando he visto ayer en un periódico semi-oficial, que existen en circulacion cuatrocientos sesenta y tres ómnibus, trescientos sesenta y nueve para las varias carreras de Paris, y noventa y cuatro para los puntos circunvecinos.

Los cuatrocientos sesenta y tres ómnibus de que hablo, han andado por dia ocho mil trescientas diez y seis leguas, ó sea al año tres millones, treinta y tres mil setecientas cuarenta.

Los viajaros trasportados en todas las líneas han subido á más de cuarenta y nueve millones y medio (49.590.421) en 1856, y á más de sesenta millones en 1857 (60.067.147), resultando un exceso de más de diez millones de transeuntes á favor de la última época.

El producto de los ómnibus destinados al servicio especial de Paris, montó en 1857 á treinta y seis millones y medio de reales.

Al fin pasó el ómnibus que va á Luxemburgo por las Tullerías y el Puente Nuevo, y subí al imperial. Me parece que voy sentado sobre la azotea de una pequeña casa ambulante.

A los veinte minutos estábamos en nuestro destino, despues de haber atravesado varias calles estrechas que no se parecen en nada á las anchas y bulliciosas del otro Paris. Note el lector que en Paris hay dos poblaciones distintas, distincion marcada por el curso del rio. Cada orilla es una frontera de aquellos dos países, representantes de dos grandes períodos históricos, de dos grandes razas sociales, si así puede decirse. Hay el Paris de la tradicion, y el Paris de las creaciones modernas: en el primero habitan con predileccion los nobles y los ricos que buscan silencio, despues de haber buscado una buena renta entre el bullicio y la algazara. En el segundo habitan los comerciantes, los banqueros, los cambistas, las gentes de moda, de actualidad, gentes que quieren producir efectos cómicos ó trágicos, y los miles y miles de curiosos y de negociantes extranjeros que este gran centro llama.

Estas dos varias sociedades que se disputan el señorío de Paris, el giron de un mundo que ha caducado ya, y el otro giron de un mundo que no se ha organizado todavía, están simbolizados en dos edificios: Luxemburgo y la Bolsa.

Luxemburgo es el monumento del privilegio y de la renta.

La Bolsa es el templo del movimiento, de la creacion y del cambio.