Las Tullerías están situadas entre estos dos mundos antagonistas, como si quisieran participar del recuerdo del uno y de la fuerza del otro, presentándose como un tratado de paz entre ambos.
El Luxemburgo es un palacio inmenso, grave, solitario, majestuoso. Su fábrica se halla en muy buen estado, y no obstante, despierta en nuestro ánimo esos recuerdos señoriales que parecen dormir entre las ruinas negruzcas de un antiguo castillo.
Tiene una espaciosa glorieta, con surtidores, grupos y estátuas, además de un hermoso y bien asistido paseo.
Al examinar las muchas estátuas que siembran estos silenciosos lugares, he notado que la demasiada asistencia, el demasiado esmero y el excesivo aliño de que aquí son objeto todas las cosas, quitan á las concepciones artísticas el encanto del arte, el aura indefinible y deliciosa que lo rodea en otros países. Aquí todo parece lo mismo, porque el cuidado que está en todas partes lo nivela todo, despojando á la obra del hombre de esas variedades de siglo y de lugar que constituyen el gusto maestro de la naturaleza.
Un poco de limo verdoso en una estátua la comunica la sancion venerable del tiempo, el sentimiento inexplicable de la historia; y este espíritu vago y armonioso á la vez, este espíritu que viene á denotarnos el contraste que resulta entre lo transitorio de la piedra humedecida por un poco de limo, y lo eterno de la moral que aquella piedra simboliza; esta vaguedad espontánea, sencilla, verdadera, invisible, que va y viene entre lo que se toca y lo que se adivina, entre el limo y el genio, es precisamente la pincelada que da al arte su sentido más ideal, más bello y más profundo, porque es el sentido más conforme á la poesía de la creacion, es decir, á la poesía inimitable de la verdad.
No hay naturalidad en estas creaciones; la naturalidad con que la yerba es verde, con que el cielo es azul, con que la estrella nos envia sus luces plateadas. Noto cierto entumecimiento en este arte; es creador, infatigable, jóven; pero parece un jóven tullido; un tullido que no puede moverse sin que la paralísis le arranque un dolor y una queja. No sé si me equivoco; pero esto es lo que me dicta mi sentimiento, ageno á toda preocupacion de envidia, de odio ó de historia. Es un arte magnífico, colosal; pero le falta un no sé qué de arte.
Despues de examinar las estátuas, me interné en el paseo, y vi con mucho gusto á varias familias artesanas haciendo labores manuales, bajo los árboles de las glorietas. Esta costumbre es verdaderamente pintoresca, infantil, encantadora, patriarcal. No he visto en mi vida á esas mujeres, no las he mirado á la cara, y las tengo cariño, porque tengo cariño á las yerbas que tocan, á esta vida que llevan, á este aire que respiran.
Me interné más en los jardines, y me ví solo; no tenia más compañeros que las flores y el rumor indeciso de una leve brisa de verano, y me parecia que distaba de Paris muchas leguas.
¡Cuánto preferiria una gruta aquí al hotel de la calle Feydeau! ¡Cuánto más grata me seria esa casita que estoy viendo, cerca de la estátua del pintor Lessueur!
Ahora me siento enfrente de la estátua. Unos ramos de madreselva se agitan suavemente sobre mi sombrero. ¡Qué bien me encuentro aquí! Me parece que soy mejor, y que me amo más á mí propio. Á un tiempo oigo el acompasado y casi imperceptible susurro del viento entre las hojas de los árboles, el ruido lejano de agua corriente, el acento festivo de unos niños que juegan, y el clamoreo confuso que nos anuncia la proximidad de una gran poblacion, como el sordo rumor del oleaje nos anuncia la cercanía del Océano.