Me acordé que tenia que volver á Paris, y sentí dos cosas: repugnancia y temor, casi miedo.

Soledad, encanto del triste, encanto de mi corazon, vírgen de mis pesares, vírgen de mi alma; si amas, si esperas algo en este mundo, dame tus amores y tus esperanzas. Si tienes dolores, si tienes misterios, dame tus misterios y tus dolores.

Al poco tiempo subia en un ómnibus que me llevó al Palacio Real, y luego en otro que tenia la carrera de San Club, haciendo escala en el arco de la Estrella. Allí me apeé y seguí hasta el bosque de Bolonia.

El bosque de Bolonia no es un paseo, propiamente hablando: es una selva que tiene leguas de extension: es el desahogo de las gentes de carruaje que van allí, como se va á tomar aires al campo. Se encuentra cascada, lago, isleta en medio con puentes rústicos, de un aspecto gracioso; chinescos, barquillas, circo y muchos espectáculos de varios géneros.

Yo me interné hasta donde logré quedarme solo, sin oir otra cosa que el ruido confuso de los coches y el crugido del látigo.

Me senté un instante sobre la yerba, y me vi halagado por una expansion y un bienestar que no experimentaba desde nuestra llegada á Paris. Me parecia que en aquel momento recobraba la libertad, y sentia por la luz esa especie de religiosa gratitud que siente el cautivo. Miraba hácia bajo, y veia musgo verde; miraba en torno mio, y veia árboles; miraba á lo alto, y veia cielo. Sentado en una piedra solitaria, á despecho mio, me acude la idea de Andalucía, la idea del país en donde he nacido y me he criado. Hace veintidos años que dejé la casa paterna; volví á los nueve con el deseo de abrazar á mi madre; pero no pude verla; no estaba en el mundo; habia muerto. Á la hora de morir, cinco hijos rodeaban su lecho, uno faltaba. Mi madre diria en su corazon: «¡bien se lo dije! ¡El tiene la culpa; me muero sin verle!» ¡Tenga Dios misericordia de mí!

Mi madre no vivia; pero la Providencia ha dado lágrimas al hombre para lavar con ellas sus pecados, sus olvidos, sus yerros; y lágrimas ardientes y fervorosas humedecieron el sepulcro de la que me dió el sér. ¡Gloria! ¡Sueño terrible! ¡Angel cruel, cuánto has comido de mi alma y de mi cuerpo! ¡Quién lo hubiera sabido! ¡Quién hubiera podido adivinarlo! Los campos en donde pasé mi niñez no me hubieran visto desertar; el Océano no hubiera dejado de oir mi pobre voz; yo hubiera visto morir á mi madre y á mis hermanos. Una humilde choza por vivienda; un saco de paja por lecho; un haz de enea por almohada; una honrada esteva por oficio; pan, agua y salud por alimento; un ramo de tomillo por corona; los bosques, los mares y los cielos por poesía; el Dios que llena al mundo por esperanza; ¿qué más podia apetecer? Tú tenias razon, madre de mi alma; tú me decias bien, madre de mi vida. Te desobedecí, fuí ingrato á tu amor, fuí sordo á tu llanto, y el cielo me castiga por aquella culpa. Pero tú que fuiste tan buena, tan paciente, tan generosa; tú que tanto sufriste, que tanto lloraste, madre de mi vida, madre de mi alma, tú perdonarás á tu hijo.

Apenas me desembarace de ciertos asuntos que me tienen amarrado en Madrid; más claro, apenas logre reunir algun dinero, me iré á Sevilla, mandaré hacer una losa, pasaré á la raya de Portugal, y yo mismo la colocaré en una sepultura, en nombre de todos mis hermanos. Ya tengo hecho el epitafio, el cual pertenece tambien á mis lectores; hélo aquí.

«FILOMENA, JOAQUINA, NICOLÁS, AMPARO, HERMENEGILDA Y ROQUE, Á SU ADORADA MADRE.»

«Tras estos mármoles fijos
Verá nuestra amante fe,
Que una madre siempre ve
Las lágrimas de sus hijos.»