Lector mio, cuando esta obra se publique, no te parezca cara. No tengo otro sueldo, ni otro patrimonio que mi trabajo personal, mi trabajo de sol á sol como humilde obrero de la inteligencia, y de esta obra he de sacar más de mil duros que habré tenido que gastar para escribirla, y si pudiera ser, para comprar la lápida de mi madre.
Medio enternecido y medio lloroso me levanté de aquella piedra, y empecé á dar vueltas por allí. Miré á todos lados, no habia nadie ¡qué felicidad! Hay ciertos instantes en que los hombres me inspiran miedo; ciertos instantes en que el silencio es mi más dulce compañía.
Caminando despues al acaso, encontré una pequeña columna. La piedra es historia tambien, y me vino en deseo conocer la historia de aquella piedra. Héla aquí tal como ha llegado á mis oídos.
Hubo un francés apellidado Catelan, el cual vivia santamente en Provincias. Á este Catelan se ocurrió la idea (cualquiera otra le hubiera salido mejor) de trillar el camino de Paris, con el objeto de conducir varios presentes al rey de entonces. No me acuerdo en este momento qué rey era; pero desde luego debe suponerse que un rey de antaño debia ser, porque al morirse aquel Catelan, comenzaron á morirse los Catelanes que trillan caminos para hacer presentes.
Púsose en marcha aquel bendito hombre, despues de haberse confesado, porque tambien hubo un tiempo en Francia en que el cristiano tenia que proveerse de la confesion, como del primer artículo del viaje.
Noticioso el monarca de la venida del buen Catelan, ó de los presentes que Catelan traia, ora fuese por Catelan, ora por los presentes, porque la tradicion no aclara este punto, envió un piquete de soldados bajo el mando de un capitan, cuyo piquete tenia por fin el guardar al espléndido provinciano de los bandoleros y asesinos que infestaban á la sazon el bosque de Bolonia. Sépalo el brillante Alejandro Dumas. Hubo tiempo en que los vasallos se confesaban para caminar; tiempo en que los bandoleros y asesinos empedraban el bosque de Bolonia, si el gran novelista me permite la palabra empedrar.
El capitan que mandaba la escolta se situó en los puntos convenientes, el buen viajero se vió libre de los huéspedes habituales del bosque, pero ¡cosa imprevista! no se vió libre del capitan. El capitan de los soldados se puso en lugar de los bandidos, y el pobre Catelan fué robado y muerto.
Mucho tiempo despues tuvo lugar un baile en palacio, y una señora de las asistentes llevaba un objeto de que constaba ser portador el asesinado en el bosque de Bolonia. Dieron principio las sospechas, luego las pesquisas, por fin se adquirió la evidencia del crímen, el capitan fué ahorcado, y el célebre bosque vió alzarse una piedra en obsequio y honra del fiel vasallo Catelan.
Esto es, punto más, punto menos, lo que acerca de esta columna cuenta la tradicion, y no deja en verdad de ser un consejo provechoso.
Parece imposible que este bosque tan concurrido, tan guardado, el paseo de la alta sociedad de Paris, el refugio y el embeleso de las gentes de coche y librea, haya sido un tiempo guarida de asesinos y de ladrones.