Nada tengo que oponer acerca de la magnificencia del edificio. Es un verdadero palacio. Tiene efectivamente ese aspecto grave y majestuoso, esa gallardía reposada, casi circunspecta, de aquel género de arquitectura. Su historia, considerado como edificio, esto es, su historia de piedra, es muy breve. Considerado como una institucion social, como juego público, aquella historia es algo más larga y más difícil.
La Bolsa de hoy ocupa el espacio que ocupó en otro tiempo el convento de las hijas de Santo Tomás. ¡Qué cambios tan curiosos y tan elocuentes! Principió este palacio el primer imperio, y lo terminó Cárlos X. Presenta un paralelógramo de setenta y un metros de longitud, sobre cuarenta y dos de latitud, si no mienten los informes que nos dan, informes que considero exactos. Al menos no desmienten la impresion que aquí se recibe. Circuye al suntuoso edificio una gran galería de setenta columnas de un metro de espesor y diez de altura, sostenidas por un basamento de tres metros de elevacion. Un sólido cornisamento y un elegante ático coronan las setenta columnas, de órden corintio, las cuales nos hacen sentir la doble emocion de la majestad y de la fuerza.
Quisimos penetrar, pero los guardas del edificio, herederos históricos de la gravedad monacal, nos prohibieron la entrada con cara de priores, enviándonos al estanco de la Hacienda pública, en donde debiamos proveernos de una especie de credencial, mediante la limosna de dos francos, uno por cabeza. He dicho limosna, porque esta rara contribucion, esta curiosa prevision del Erario francés, me huele al saco del convento. Yo me volví á mi mujer, y la dije en nuestro idioma: aquí se ha verificado una trasmigracion casi portentosa. El franco que nos piden, se escapó sigilosamente del convento de las hijas de Santo Tomás, y se escondió en el palacio de la Bolsa.
—¿Qué franco nos piden? Preguntó mi mujer con picante curiosidad. (Para las mujeres es picante todo lo que tire á dar dinero.)
—Ese bedel, conserje ó lo que sea, contesté á mi compañera, me dice que vayamos al estanco, en donde nos darán un billete, cuya presentacion es indispensable para visitar el edificio. El billete en cuestion nos costará un franco á cada uno.
Mi mujer agrió el gesto de un modo visible.
Esta conversacion pasaba en presencia del conserje, que nos miraba con estrañeza, y que permanecia de pié, custodiando imperiosamente la entrada, como si se tratase de guardar las manzanas de oro en el jardin de las Hespérides.
Mi mujer y yo nos dirigimos á un estanco, que hay á pocos pasos del edificio. Al bajar la magnífica escalinata de la Bolsa, mi mujer me tira del brazo, en señal de llamarme la atencion, y me dice:
—Llévame á la fonda; yo me quedaré allí, mientras que tú vienes á visitar ese palacio. Me remorderia la conciencia, continuó mi compañera con más animacion, si los franceses me cogieran un franco por visitar la Bolsa.
—Ese franco que piden, contesté yo, no tiene nada de particular; al contrario, es una gabela natural, y lógica. Se trata de la Bolsa, y por simpatía, atacan la bolsa de los curiosos.