—Te lo voy á decir francamente, repuso mi mujer, y apretó el paso, como si lo que me iba á decir la espolease. «Yo creí que Paris era un pueblo de suma caballerosidad, y de sumo idealismo. Yo creia en España que en Paris se hacian muchas cosas por galanura, por etiqueta, por urbanidad, por espíritu de civilidad y de hidalguía. Pero, amigo mio, estoy viendo que me engañaba de una manera lastimosa. Esto es mucho peor que Madrid. Aquí no podemos llevarnos las manos á la cabeza, aquí no se puede decir el Padre nuestro, aquí no se puede ni rezar, sin tener que hacer frente al dichoso franco. Odio esta palabra, ¡Qué sujeto tan descortés! ¡Qué persona tan atribulada y tan agresiva! Franco le llaman, y en verdad que le han dado con el nombre, pues tan franco es, que se mete por todas partes como trasquilado por iglesia. ¿Quieres que te diga la verdad? Segun voy viendo, esto es una batalla contínua, en que los combatientes no abrigan otra idea que apoderarse del botin de los enemigos; una guerra que se hace, una lucha que se traba, únicamente por coger el botin. Ni más ni menos, ni menos ni más. Los combatientes son los hijos de este país. Los enemigos son los extranjeros. En España, en el mismo Madrid, el dinero es una gran necesidad. En Paris es una gran plaga, una gran peste; en fin, es una guerra, con todos los peligros, con todos los sustos, con todas las calamidades y las desdichas de una guerra. Mira, añadió resueltamente mi mujer; déjame en la fonda; no quiero dar un franco por ver ese edificio; por una peseta está cavando un español todo el dia en el campo….»

Sin embargo dé estos sermones de mi compañera, yo me dirigí al estanco, con el fin de comprar el documento que el conserje me reclamaba. Mi mujer lo notó, y se detuvo á despecho mio.

—No te empeñes, porque no voy. No quiero pagar el derecho de ser extranjera. Aguantaré que me traten como enemiga, en lo que yo no puedo evitar; pero á sabiendas, no.

—Bien, la contesté yo; tú dices que no quieres dar un franco por esa visita. Enhorabuena, no lo des; pero yo quiero darlo; no es cosa tuya, sino mia, y no debes tener remordimiento alguno. Iba á replicar; pero la llevé hácia adelante con el brazo, y esto la persuadió mucho más que si la hubiera predicado un sermon. No sé el por qué, mas tengo por cosa evidente que á las mujeres las convence más un ademan que veinte palabras.

Por santa obediencia se resignó á entrar en el estanco, y no pude menos de soltar la risa, cuando observé la cara de vinagre que mi mujer puso al ver los dos francos en el mostrador.

—¡Lástima de dinero! dijo furtivamente, y nos dirigimos á la Bolsa.

Buena escalera, excelentes pasillos, galerías espaciosas, hermosas balaustradas, salas magníficas…. Repito que nada tengo que tachar á la arquitectura del edificio, aunque desde luego se echa de ver que no fué construido para que sirviera de palacio. Volviendo ahora los ojos á su oficio social, si así puede decirse, principio por no estar conforme con el nombre de Bolsa, aplicado al cambio oficial, cambio importado en Francia por el hacendista escocés Law, á fines del siglo XVII.

La palabra Bolsa, no sólo es impropia, sino escasa, ruin, grosera, hasta ridícula, para darnos la idea de un lugar en que se verifican operaciones mercantiles de cierta monta. No comprendo cómo los negociantes que se dedican á aquel juego público, llevan en paciencia que se les designe con el apellido de Bolsistas. Me parece que en este nombre hay algo que se rie de la persona que lo lleva, como si dijéramos bolsillistas, faldriqueristas, taleguistas, ó palabras por este jaez. Yo deploro (en este sentido ¡tengo tanto que deplorar!) deploro, decia, que los españoles, dominados por un espíritu de imitacion incalificable, desnaturalizando una de las lenguas más bellas y más ricas del mundo, malversando el depósito que muchos siglos y muchas glorias les han confiado, hayan mendigado de los franceses la plabra Bolsa, condenando tan irreflexiva como injustamente los nombres castizos de lonja y casa de contratacion. En lugar de Bolsa, que nada significa, ó significa una ridiculez, porque ridículo es todo despropósito ¿qué razon hay para que no pudiera decirse lonja del cambio? Pero ahora caigo en que esto no bastaba; era indispensable ponerse á la moda; era indispensable llamar la atencion con una cuquería de nuestros vecinos; era indispensable engalanarse con una palabra parisiense, como los payasos se visten de siete colores, para que les sigan los chiquillos, ó como se enjaeza un caballo, para venderlo bien en la feria. Era indispensable el relumbron, el palaustre, y atravesó los Pirineos la palabra Bolsa. No sólo hay servilismo en política; hay servilismo tambien en conducta, y esas limosnas que el pueblo español recibe de Francia; esas caridades que le implora, cuando tantas podria hacer, cuando tantas ha hecho á esa misma nacion que nos manda hoy con sus monerías; esas limosnas vergonzantes que á Francia pide, es un servilismo de nuestra época; y no solamente es un servilismo, sino una sandez. ¿Qué se diria del que fuese á buscar falsas doraduras á país extraño, olvidando el oro, el oro fino, que tiene en su país? Pues eso es cabalmente lo que debe decirse de los españoles, que van á Francia para traerse la grotesca palabra Bolsa, arrinconando, para que crie moho, la palabra lonja; término propio, lógico, natural, en relacion perfecta con las tradiciones de nuestro idioma; con su pensamiento y con su melodía; es decir, en perfecta relacion con su etimología, con su filosofía y con su esthética.

Nuestra nacion no sufriria que el pueblo francés pusiera el pié en un palmo de nuestro territorio, y consiente á las mil maravillas una invasion completa en otro sentido; una invasion más peligrosa, porque nos conquista ocultamente, por dentro, en el interior de nuestras casas, en el interior de nuestras viviendas, en lo más íntimo, en lo más profundo que tiene el hombre: en la palabra. La palabra es lo último que pierden los pueblos, porque esa palabra es á un mismo tiempo su ciencia, su poesía, su amor: la palabra es el espíritu que sobrevive á la libertad, á los usos, á las costumbres, á las leyes. Se quema un código, mil códigos: no se quema la lengua en que están escritos. La palabra y la historia son los dos genios que van al frente en todas las exequias, son los manes eternos que velan sin cesar sobre la tumba de las generaciones. Pasó el Lacio, pasó el pueblo latino; pero queda una sombra de aquello; queda una huella que no se borra, un alma que no muere, una ceniza que no se enfria, un sepulcro que no se cierra; queda un cadáver que no se consume; sobre el polvo, sobre las ruinas, sobre la soledad y el silencio de los cadáveres que se extinguieron, queda un cadáver que no se extingue, que no se extinguirá, mientras que la tierra sienta el calor de las plantas del hombre: pasó el pueblo latino; pero nos queda la latinidad. Pasó el pueblo; no pasó la palabra. Pasó el cometa, no pasó su rastro. Pasó la tormenta, no pasó el celaje.

Los españoles no sufririan que nos conquistaran un solo palmo de territorio; que nos invadiesen un grano de arena, y van á Francia para que nos conquisten en el idioma, para que nos invadan en nuestro espíritu, en la tierra de Dios, porque es la tierra del pensamiento. Hablar es pensar, y el que trastorna lo que hablo, trastorna necesariamente lo que pienso. Sí á mí me dijeran: ¿qué es lo que quieres para apoderarte de una nacion, para mandarla, para ser su amo? yo contestaria: quiero ante todo apoderarme de su lengua, mandar en su palabra, ser amo de ese libro en que están escritos los nombres de Dios, padre, madre, hijo, hermano, amigo, patria, luz, amor, espacio. Más, mucho más que de su territorio, desearia apoderarme de lo que está dentro del territorio, de lo que está dentro de las ciudades, de lo que está dentro de las casas, dentro de la familia, dentro del individuo; de esa sombra que le acompaña, de ese centinela invisible que le custodia, de ese misterioso y terrible poder que le defiende; la palabra, la inteligencia. Mandando en la lengua, mando en el alma; mandando en la boca, mando en la frente, y este es el gran terreno que hay que invadir, esta es la gran conquista que hay que hacer, este es el gran pueblo que hay que conquistar. Sin saberlo nosotros, sin apercibirnos siquiera, sin soñarlo, los franceses nos están invadiendo; los franceses nos ametrallan, en una guerra en que se lucha sin disparar tiros. Los soldados de esa campaña particularísima, son las palabras; la palabra Bolsa es uno de los tantos y tantos combatientes de ese ejército numeroso, de ese ejército irresistible, de ese ejército que acabaria por conquistarnos, si no llegase un dia en que el pueblo español, aplicando, no el oído de fuera, sino el oído de dentro, no aplicando la oreja, sino la mente, oyese ruido en el interior de su casa, oyese disparos en el territorio de su inteligencia. Ese dia llegará. España comprenderá al cabo que el pensamiento tiene sus estados tambien; comprenderá que su idioma es su pensamiento, y defenderá las fronteras de su inteligencia, como defenderia las fronteras de su territorio.