Entre tanto, yo expulso de mi casa la palabra Bolsa, como rechazaria á todo el que quisiera arrojarme de mi país. Llegará una hora en que España se vuelva á España; yo me he vuelto ya hace algunos dias, aún permaneciendo en Paris.

Pero no es la palabra Bolsa el solo punto en que no estoy conforme, al estudiar el edificio de que se trata. Tampoco estoy conforme, con que la Bolsa tenga un palacio, conque haya un palacio que se llame el palacio de la Bolsa. Esto me parece tan indiscreto, tan extravagante, tan ridículo, como el que hubiese un palacio que se denominara el palacio del bolsillo, el palacio de la faldriquera ó del talego. Entre bolsa y palacio no hay relacion posible, en el órden lógico, por más que nos echemos á soñar relaciones. No sólo no hay analogía entre aquellas palabras; no sólo carecen del más lejano parentesco, sino que se nos entra por los ojos su discrepancia, su evidente contradiccion, y no pueden unirse objetos y atributos que se repugnan, que se contradicen, que se zahieren. Si esto valiera, podriamos decir: el palacio del hambre, el alcázar de la mendicidad, y admitida esta nueva manera de discurrir, deberia mandarse construir una gran jaula para encerrar al mundo. No estoy conforme con el palacio de la Bolsa, como no lo estoy con el palacio de la Industria, ni con otros muchos palacios que por aquí bullen, despertando en mi alma recuerdos penosísimos, tristes y lamentables contradicciones. ¡Palacio de la Industria! ¡Y el industrial no tiene dónde vivir! ¡Y el obrero tiene que ir á buscar una vivienda más allá del recinto de la ciudad, á Batiñoles! Es un magnate que tiene un alcázar, y ha de andar buscando un asilo de zoca en molondra. Es un mendigo á quien se ha levantado un palacio; pero que no ha dejado de ser mendigo, ¡Vanos alardes! ¡Estéril pompa! ¡Pobre magnificencia! Aquí se hacen muchas cosas por el solo gusto de hacer; se dicen muchas cosas por el solo gusto de decir: hay ostentacion, aparato; no hay intencion, no hay propósito, no hay ese íntimo y fervoroso trabajo de la conciencia, que precede á todo deseo, á toda aspiracion, sobre todo cuando es una aspiracion madura y sensata. Aquí hay muchos principios sin fines. No encuentro en Francia ese pensamiento anterior, circunspecto, convencido, inflexible, que hallo en los trabajos de los alemanes; ese bellísimo sentimiento, esa fantasía aromática, esa seductora inspiracion de los italianos; ese cálculo fijo, inflexible, tenaz, callado, sigiloso, tal vez traidor, pero lógico, convencido, sábio, de los ingleses; esa rusticidad hospitalaria, generosa y fiel; esa barbarie honrada, creyente, leal y valerosa; esa liga de lo salvaje y de lo hidalgo; esa mistura indefinible del soldado, del poeta, del pastor y del caballero; ese algo latino, scita y árabe; ese carácter en que han entrado Régulo, Attila y Saladino; esa especialidad, única en el mundo (como la palabra hidalguía) que distingue á los españoles. No digo que sea buena, ni que sea mala; digo que es única, y admito el reto que para probar lo contrario se me haga. No hallo eso aquí. Me parece hallar prisa, aturdimiento, indeliberacion, exterioridad, lujo, boato: púrpura por fuera; por dentro es otra cosa. Es una gran botella que se destapa. Mucho ruido, mucho hervidero, mucha espuma; á poco pasa todo aquel estrépito, y la botella queda medio vacía. No parece sino que esta ciudad siente que la vida se le va de las manos, y corre detrás frenéticamente, como para cogerla por los cabellos.

En cualquiera otra parte del globo, un palacio es un edificio que sirve de morada á los reyes, á los pontífices, á los magnates, á los poderosos, á las grandes corporaciones del Estado, como un Congreso ó una Asamblea. Aquí, no. Aquí es un palacio el depósito de la Industria, la casa de cambio, el banco, la casa de moneda; sin embargo de que ni la casa de moneda, ni el banco, ni la industria, son altos cuerpos del Estado, ni poderosos, ni magnates, ni reyes, ni pontífices. Aquí toma el nombre fastuoso de palacio, lo que en otros países se llama simplemente casa, lonja, depósito, alhóndiga, almudin, ó cosa semejante. Y aquel nombre fastuoso, esa régia estirpe con que se decora á la arquitectura (¡ni las piedras están á salvo del genio francés!) viene de la tendencia general que ha creado tantas y tantas formas en esta Babilonia del Occidente; formas colosales algunas de ellas; que ha creado tantos y tantos intereses, respetables no pocos, porque no hay delirio que no tenga algo sublime, y el delirio de los franceses ha sido afortunado: aquel prurito de idealizarlo todo, de hacerlo todo régio, como si hubiese dejado de ser belleza la eterna belleza de la sencillez; la inagotable, la majestuosa, la imponente, la sin igual belleza de la verdad; la belleza de una ligera nube que atraviesa el cielo solitaria: aquella pasion, vuelvo á decir, viene de ese espíritu mitológico, fantástico, visionario casi, que tiene ciegos á los franceses, con que los franceses quieren cegar á todo el mundo. No es lo doloroso que ellos lo quieran, porque cada cual realiza su genio como puede: lo doloroso es que lo quieran y lo consigan. Dejarán de conseguirlo mañana, porque la doradura no brilla siempre como el oro, porque el hervidero de la cerveza no dura siempre: pero hoy lo consiguen, porque las doraduras deslumbran, porque el ruido de la botella de cerveza aturde. Hoy lo consiguen; esta es la verdad.

Y penetrando más en el asunto de la Bolsa, con la cabeza destocada y pidiendo perdon á las personas á quienes pueda lastimar, sin que en ello pueda tener parte mi deseo, porque mi deseo más deliberado es no herir á nadie, digo que no estoy tampoco conforme con ese cambio, con ese negocio, con ese juego que se llama Bolsa, tal como hoy se encuentra establecido y organizado. Acepto todo juego lícito, como distraccion; como oficio social, como carrera, como profesion, como jornal de todos los dias, no lo acepto. Harto se me alcanza que esta opinion escandalizará á no pocos lectores; adivino que se me llamará extravagante; enhorabuena; digo y repito en alta voz que no lo acepto. Jugar para pasar honestamente el rato, sí. Jugar para vivir jugando; para dar á un juego nuestra vida; para desplumarnos dándonos las manos y sonriéndonos; para hacer en un dia una fortuna injustificada, á costa del prójimo insensato; jugar para que tantos comerciantes dignos y honrados se quemen el cerebro con una pistola, eso no. Podrán contestarme lo que quieran; yo no llevo la contra á nadie; á nadie desmiento; pero digo que no.

Y el que quiera tener ideas de la Bolsa; el que quiera saber lo que es ese juego, ese juego que hace muy poco se llamaba agiotaje, que venga á las dos de la tarde, y sea testigo de lo que pasa en el interior de este local. Voy á decir lo que yo propio he visto, lo que yo por mí mismo he presenciado, lo que acabo de ver y de presenciar, y ¡ojalá que no lo hubiera visto ni presenciado!

Suena la hora de la cotizacion de fondos, y muchas gentes llegan, se apiñan, se hostilizan, se estrujan. Todos se ponen de puntillas, los cuellos se estiran, las barbas asoman, los rostros se encienden, los ojos se inflaman…. ¡Madre de Dios! Eso no es un pregon, ni una gritería; es un ahullido interminable, un galimatías infernal. Eso no es un cambio, un negocio, un comercio; eso es un frenesí, un rapto, una calentura. Reconozco la existencia de la calentura y del frenesí como enfermedad; no la reconozco como negociacion.

La Francia gana una batalla en Cochinchina, y los fondos suben. La misma Francia sufre un descalabro en Sebastopol, y los fondos bajan. Y el francés, el hombre que ha nacido en este pueblo, el hijo de esta madre, ve á su madre caida, y si la Bolsa lo requiere, vuelve la espalda y la vende por tres ochavos. El caido se levanta luego, gana una victoria en los campos de Italia, suena el cañon que anuncia el triunfo de Solferino, y el francés que hace poco vendió á la Francia por tres ochavos, se vuelve ahora y la ofrece un talego lleno de oro. No se lo da á la Francia, sino á su juego, á su albur, á su egoismo. Ese es un juego que negocia con la fortuna y con la desgracia de su país; con el honor y con las glorias de su patria. No admito que se jueguen las lágrimas de una nacion; no puedo admitir que se juegue con los conflictos de los hombres. No puedo admitir que se juegue con el espíritu que busca un amparo bajo una corona de laurel, una corona empapada tal vez en sangre, una sangre vertida quizá por un hermano del que juega con aquella corona. ¡Tambien ha de ser un oficio del hombre el jugar la palma del mártir! ¿Qué dejan al mundo, qué dejan á la vida, si no le dejan esa palma! ¡Comercien en buenhora con la materia; comercien con todo lo del mundo; pero que dejen al alma del hombre la metafísica poética de un laurel, la metafísica poética de una gloria!

Dije y vuelvo á decir que eso no es comercio; esa no es la inteligencia que une á las naciones, que funde las razas, que establece la unidad del globo, la unidad del hombre, la unidad de la naturaleza, la inmutable y santa unidad de Dios. Eso no es el comercio, el conquistador universal, el universal revolucionario, encargado por la Providencia de llevar, entre sus mercancías, el espíritu de tolerancia y civilizacion á todos los países. Jugar no es comerciar; comerciar, no jugar, debe ser el oficio del comerciante. Si su nuevo oficio consiste en un juego, lo natural es que deje el nombre de comerciante, y tome el nombre de jugador. Si aceptan el nombre, si se avienen á recibir el nuevo bautismo, con su pan se lo coman. Un hijo mio no tomaria seguramente tal profesion, al menos si mi hijo oyera la voz de su padre.

Ni estoy conforme con la palabra Bolsa, ni con que la Bolsa tenga un palacio, ni con el juego que en el palacio se verifica.

En este momento entra en mi habitacion D. Francisco Javier de Mendoza, que ha llegado hace poco de Venezuela, y á quien conocí en casa de D. José Segundo Florez. El lector me permitirá que dedique dos líneas á estos dos nuevos personajes, que honrarán las páginas de mis humildísimos apuntes.