Florea es un hombre metódico, reposado, silencioso, observador, profundo: es un hombre de estudio, un hombre de letras, como si dijéramos un sábio antiguo; pero con la ciencia de los modernos.

Javier de Mendoza habla con soltura, con elegancia, con pasion. Se apasiona de todo lo que reputa bueno, y está apasionado de la palabra: habla mucho y bien, discurre más que habla; imagina más que discurre; calcula y proyecta más que imagina. El solo digiere mucho más con su pensamiento, que veinte personas con el estómago. Llega al punto á donde se dirige antes de partir. Tal es la fuerza con que su alma mide el espacio que le separa del objeto que busca. Aquel espacio desaparece, lo devora, y antes de marchar hácia su pensamiento, se encuentra á su lado. Este hombre es uno de los caractéres más extensos que yo conozco. Hay en él cierta mezcla de galan y de literato, de soldado y de artista, de diplomático y de banquero. Es un gran taller, una gran oficina, en que cada uno de esos personajes trabaja, sin que los obreros se incomoden.

Hablando de opiniones políticas, dice que él quiere la igualdad de la riqueza y de los goces, no de la miseria y del martirio. Es demócrata, pero quiere ir en coche. Tiene la democracia del sentimiento, y la aristocracia del carruaje.

Si aspirara á que lo empleasen, su primer empleo seria una cartera de ministro, ó una embajada de primer órden.

Si tuviese el don del colorido, si sintiese mejor la forma artística, seria un genio; aún sin esas dotes, es un buen talento.

Pues he leido á mi amigo Javier de Mendoza lo referente al palacio de la Bolsa, y al juego público denominado así, y ha convenido en la impropiedad de aquella palabra, y en la impropiedad del nombre de palacio, aplicado á dicho edificio. Por lo que hace al juego, ha convenido conmigo tambien; pero me ha hecho notar que mis opiniones acerca de este punto causarán escándalo entre ciertas gentes, pudiendo hacer daño á la publicación de mi obra.

Pues aunque mi obra se hunda, y á mí me quemen, contesté, digo y repito que no estoy conforme sino con las cosas cristianas, y me parece que aquel juego no es cristiano. En medio de mis desventuras (que han sido infinitas) debo al cielo la dicha suma de tener valor para decir á todo el mundo la verdad de un modo decoroso, y la digo siempre, aunque me costara subir al cadalso.

Departiendo despues amigablemente sobre el carácter de esta maravillosa ciudad, hemos convenido en que no extrañariamos que el mejor dia se levantara aquí un edificio suntuoso, con el título de PALACIO DEL MERCADO. Tal es la comezon que tienen los franceses por relucir, que no nos causaria sorpresa ciertamente que dieran un palacio á los conejos y á las perdices; á la manteca y á los huevos; á las coles, á las patatas y á los rábanos.

Se dirá que decimos esto con intencion de satirizar á este país. No seré yo el que niegue que haya en nosotros algo de esa malicia picaresca, con que se zahiere una cosa ridícula; algo tal vez de ese sabor áspero que siente el español, cuando cata un manjar de nuestros vecinos; puede que haya eso en nosotros, sin que nosotros lo sepamos, como sin saberlo nosotros nos pican los mosquitos durante el sueño; pero esto no quita que en lo que decimos haya un gran fondo de verdad.

Vayamos ahora al Palacio Real, cuya historia es más breve y galante. Sepa el lector que durante el trascurso de algunos siglos, ese palacio fué el centro espléndido de la coquetería parisiense. En ese jardin que estoy viendo, la astuta cortesana se ofrecia á los espectadores con el traje muy escotado, luciendo la espalda y el pecho, como si quisiese hacer gala de la riqueza de sus incentivos, tambien de la riqueza su pudor. Digo riqueza de pudor, porque si el que da mucho debe ser rico, aquellas cortesanas debian ser muy ricas de decoro. Pero siendo el Palacio Real uno de los grandes prodigios de la monarquía absoluta, claro es que al pasar aquel régimen, debió perder no poco de su antiguo esplendor. En espacio es en lo que menos ha perdido, y tres calles se han hecho á expensas de sus encantadores jardines; las calles de Valois, de Beaujolais y de Montpensier.