Nada quiero decir de la arquitectura del Palacio, porque los grabados que acompañarán á la obra, darán una idea más exacta que todas las descripciones que yo pudiera hacer, y paso á su reseña histórica.

Richelieu, el cardenal más galanteador que la historia conoce; el brazo derecho de uno de los reyes más galanteadores que la historia conoce tambien; el gran ministro del gran Luis XIV; aquel cardenal más grande que aquel rey; Richelieu, el prelado poeta, el poeta hacendista, el hacendista político, el político filósofo, el filósofo magnate, levantó de pié el Palacio Real. Despues, hubo de acudirle la memoria de los grandes tesoros de que era deudor al pródigo cariño de sus reyes; aquellos tesoros debieron hurgarle en la conciencia, se sintió herido; en una palabra, tuvo remordimiento, y dejó el palacio á Luis XIII, que no pudo tomar posesion.

¡Cuántos secretos debe encerrar ese monton de piedras! ¡Qué historia tan curiosa se pudiera escribir, si la mente del hombre fuera capaz de arrancar al olvido aquellos secretos! Pero no digo bien; muchas de las cosas que han presenciado esas paredes y esos pavimentos, no podrian escribirse, porque hay en este mundo muchos arcanos que no pueden contarse.

Ese palacio fué el local más célebre, la casa favorita de la aristocracia del siglo XVII y XVIII; el monumento de los festines, de la galantería, del amor; una especie de templo ateniense, uno de aquellos templos griegos que se consagraban á la hermosura, un trono en donde se sentaba como reina la diosa Vénus.

En ese palacio habia un teatro, el más brillante de toda la Francia, en el cual cabian holgadamente tres mil personas; habia una capilla, cuyos ornamentos eran de oro macizo; una biblioteca magnífica; ricas colecciones de pinturas, é infinitos retratos de hombres ilustres, de tal manera que aquellos salones parecian más bien un campo santo histórico. El palacio del Cardenal representaba el consorcio extraño de la cortesanía, de la religion, de la ciencia y del arte: alcázar, iglesia, teatro, pinturas y libros.

Ana de Austria, reina de Francia y regente del reino, habitó el palacio de Richelieu con sus dos hijos, á mediados del siglo XVII en 1643, y en el mismo palacio tuvieron lugar las espléndidas bodas de su hija con el duque de Orleans, hermano de Luis XIV, cuyo monarca lo cedió despues á su hermano el duque, á título de infantazgo.

Ese mismo palacio sirvió de morada al regente, hijo del duque de Orleans, y el alcázar fué menos alcázar que tálamo. Los libros y los retratos de hombres ilustres, la ciencia y el arte, dieron lugar á los brindis y á las orgias. Richelieu abrió paso á un príncipe, tristemente famoso.

Vino Luis Felipe, vinieron las libertades modernas, y tendiendo á nivelarlo todo, el Palacio Real tuvo que caer, porque el Palacio Real no era otra cosa que un gran desnivel de las antiguas aristocracias.

Hoy, una gran parte del fastuoso alcázar del siglo XVII, se ha convertido en un bazar inmenso. Esta inesperada y maravillosa trasformacion, presenta el espectáculo interesantísimo de una casta que conquista á otra casta, de un fausto que sucede á otro fausto, de una pompa que se pone en lugar de otra pompa. Ese gran bazar es el comerciante, puesto en lugar del cortesano.

El que viva en el Palacio Real, no tiene precision de salir de allí para proveerse de todas las cosas de la vida, desde el panecillo que cuesta un sueldo, hasta la sortija que vale diez mil duros. Aquello no es un edificio; es una gran exposicion; una ciudad; un pueblo.