En todos los países del mundo, las instituciones, los sistemas, las leyes, asisten al entierro de generaciones y generaciones. Aquí una generacion asiste al entierro de muchas leyes, de muchos sistemas, de muchas y encontradas instituciones. Esta veleidad infatigable está reflejada en casi todos los edificios públicos, en el Luxemburgo tambien, y por esto dije que tiene una historia curiosa y picante.

Roberto Harlay de Sancy construyó un edificio, en el terreno que hoy se llama Jardin de Luxemburgo, hácia el año de 1550, y probablemente aquella fábrica se denominaria Hotel de Harlay.

Trascurridos treinta y tres años, en 1583, Piney de Luxemburgo, duque opulento de aquella edad, compró y ensanchó el Hotel de Harlay, conociéndose desde entonces con el nombre de Palacio de Luxemburgo.

Trascurren veintinueve años, María de Médicis lo compra al Duque por veinte mil libras, levanta un edificio suntuoso, el que ha llegado á nuestros dias, llamándose en aquella fecha Palacio de Médicis.

La reina María hizo donacion del Palacio al duque de Orleans, su segundo hijo, y entonces se llamó Palacio de Orleans.

Despues lo compra la duquesa de Montpensier, Ana María Luisa, la heroina de la Fronda, por quinientas mil libras.

Luego pasa á manos de la duquesa de Guisa y de Alençon, en 1672.

Más tarde, á fines del mismo siglo XVII, en 1694, fué propiedad de Luis
XIV.

Posteriormente Luis XVI se lo regaló al conde de Provenza, que reinó despues con el nombre de Luis XVIII.

Por último, vinieron los tiempos revolucionarios, y el antiguo palacio de Luxemburgo, el heredero de tantos reyes, de tantas intrigas, de tantos misterios y de tantos conflictos, pasó á ser una finca nacional.