Última curiosidad de este dia. Cerca de la Plaza de la Concordia, hemos visto á la Emperatriz y al Príncipe. Observamos que de la parte de las Tullerías bajaba un carruaje, en cuyo torno se agrupaban los transeuntes, nos aproximamos y no tardamos en distinguir á nuestra paisana, que venia, sola con su hijo. La antigua condesa de Teba es una fisonomía delicada, noble, bella y majestuosa. Indudablemente es uno de esos tipos privilegiados, capaces de inspirar una pasion profunda. Pero me parece que aquella mujer no vive contenta; me parece qué no es feliz. Detrás de aquellos ojos dulces y apacibles, detrás de aquel cútis blanquísimo, de aquellas sutilísimas venas azules, de-aquel bello contorno; más allá del magnífico carruaje que la conduce como en triunfo; más allá de las galas y de las pedrerías que adornan su traje; más allá de los torreones de aquel suntuoso palacio de donde acaba de salir, me parece que veo cierto espíritu de resignacion y de melancolía. Detrás de esos velos brillantes, me parece que alcanzo á distinguir un misterio, y casi tengo por seguro que ese misterio es una pena. Detrás del tinte de la cara, vislumbro yo un tinte que no puedo explicar; aunque en mi conciencia lo sé definir. Esto ha hecho que la Emperatriz me haya parecido más hermosa, porque no hay belleza sin algo triste, porque tal vez en un algo triste consiste la grande y verdadera belleza. La madre miraba á su hijo; luego, saludaba y se sonreia; pero ¡ay! aquella sonrisa venia á decirme que tambien los palacios ocultan lágrimas; que tambien las joyas atavian pechos doloridos, como luces brillantes alumbran la cara de un muerto.
Una cosa muy rara he notado, á propósito de la Emperatriz, y acerca de la cual hemos hablado varias veces mi mujer y yo. En Paris todo el mundo tiene sus historias, sus anécdotas, su chismografía. En un pueblo tan fabuloso, natural es que todo personaje tenga su fábula. He hablado con muchos franceses de todas gerarquías; he hablado con muchas francesas que hablan de todo; (las mujeres en Francia son como en todas partes;) he provocado la conversacion de la Emperatriz; he procurado esforzar el asunto; en vano. Nadie nos ha dicho una sola palabra de la esposa del Emperador. Ni una aventura, ni una limosna, ni un dicho agudo, ni un ademan, ni un gesto. Por lo que mi mujer y yo hemos observado, sin tener más datos que nuestra experiencia personal, podemos decir que la antigua condesa de Teba es aquí un cadáver. ¿Tendrá esto su explicacion en que la condesa de Toba es española? No lo sé; no quiero atribuir esa ruindad, esa estrechez, á la nacion francesa; pero es evidente que algo hay aquí.
Volviendo á la persona de la Emperatriz, he notado tambien que la mujer perjudica á la reina, y que la reina perjudica á la mujer. Se ven dos sujetos, y el uno quita encanto al otro. Parece que una mujer tan bella no necesita ser Emperatriz; y que una Emperatriz tan hermosa, no saca su diadema más que de su hermosura; de donde resulta que no es completa la ilusion de la reina, ni la ilusion de la mujer. La Emperatriz seria más Emperatriz con menos belleza; y la mujer seria más mujer con menos atavíos imperiales.
Si yo tuviese una diplomacía y una cortesania que no tengo que no quiero tener, es casi seguro que veria á la esposa de Napoleon, y que a través del alabastro de su semblante, divisaria las sombras que dan vueltas alrededor de su alma; porque, no hay duda, en ese cielo hay nubes. Cuento con un medio, un medio facilísimo, infalible, de abrirme paso hasta nuestra paisana; nuestra paisana me recibiria; no se me esconde que esta entrevista seria tal vez la única página interesante de estos desaliñados apuntes; pero aquel palacio negruzco, casi agorero, me infunde temor, tanto temor, que no me acude ánimo ni para describirlo. Algun dia lo describiré; pero hoy me es imposible; porque me inspira miedo, real y verdaderamente miedo.
Vivienda de prodigios y de asombro Donde vive agobiada la memoria,
Como el gigante á quien oprime el hombro El peso horrible de su
horrible historia.
El coche de la Emperatriz desapareció entre los árboles de los Campos
Elíseos; nosotros montamos en el ómnibus que va á la Plaza de la
Bastilla, y á los quince minutos nos encontrabamos en nuestra fonda.
Un amigo que nos acompañaba me preguntó con mucho interés durante el camino:
—¿Morirá en Paris la Emperatriz Eugenia?
—Yo dije: no lo sé.
Mañana volverémos á la misma plaza de donde venimos; á la Plaza de la Concordia, y diré á mis lectores varios secretos de la revuelta historia de Paris.