=Dia trigésimo segundo=.

Visita.—El Brigadier Rotalde.—El Panteon.—Café cantante de los Campos
Elíseos.—Tertulia.—Una madre como hay muchas.—Curiosidades.

Madama Fonteral viene á vernos antes de las ocho de la mañana. La pobre lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de aturdimiento, casi de confusion.

—¿Qué sucede, mi buena señora Fonteral? la pregunté.

—Luisa está en cama; Luisa está enferma.

Esta noticia nos desconcertó á mi mujer y á mí.

—¿Qué tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer y yo.

—No sé lo que tiene; es decir, no lo sé y lo sé; lo sé; pero no sé decirlo. Está muy mala; tiene los ojos desencajados; su frente arde; creo que se muere; tendré que ir á llamar á un médico …

—¡Qué médico ni qué ocho cuartos! Ustedes lo arreglan siempre todo con los médicos. El médico no puede volverla su amante; no puede volverla su honra; no puede volverla su familia. El médico no puede echar tierra en el abismo, en cuyas tenebrosas cavidades yerra perdido el corazon de esa mujer. Ustedes no ven más que la medicina del cuerpo: y la mayor parte de las dolencias no se curan sino con la medicina, del alma. No es cuestion de botica, madama Fonteral; es cuestion de prudencia y de amor al prógimo. El verdadero médico de Luisa es la amistad y el sacrificio. Tome usted 20 francos, y pague usted otros quince dias al amo de la fonda, para que la trate con cariño, ya que con dinero hay que ganar cariño en un pueblo que se llama cristiano. Tome usted otros 20 francos y déselos usted á la enferma, ó reténgalos usted misma, á fin de que Luisa tenga la asistencia que su estado reclama. Vaya usted volando, y dígala usted que no se abata, que no se aflija, que no se desespere; dígala usted que no está sola; que no está abandonada, que hay ojos que la miran; que hay corazones que la compadecen; que hay enfermeros que velan por ella á la cabecera de su cama. Dígala usted que tenga generosidad, abnegacion; la abnegacion del verdadero arrepentimiento. Dígala usted que hay un deber, el último entre todos los de la vida; el supremo entre todos los grandes deberes; el que nos imponen nuestras culpas; el deber de llorar y de pedir que nos perdonen; el deber de esperar la ventura y la dicha por el merecimiento de la humildad y del dolor. En fin, dígala usted que se levante de la cama, y que se tranquilice; que irá á su casa, que irá á Pisa, que su familia la perdonará, y que si hay virtud en su corazon, si hay vida en su conciencia, si hay calor en su alma, todavía puede ser feliz. Vaya usted volando; en la inteligencia de que si usted no la dice todo eso, ó si no se lo dice bien, Luisa se muere.

Madama Fonteral se echó á temblar, y me miraba como aquel que pide compasion.