Entre los objetos curiosos que hemos notado, no puedo menes de hacer mérito de un baston de Richelieu, expuesto al público en el pasaje de los Panoramas, en una galería que debe ser la de Feydeau, tienda núm. 6.

Quise conocer su valor en venta, y la señora del establecimiento me dijo que el precio último era mil francos. Si aquel baston es en efecto del memorable cardenal, alma de Luis XIV y de su siglo, del Luis XIV de la política francesa, como varias personas me lo han asegurado, me creo con derecho para decir que la Francia es poco arqueóloga y hasta poco francesa, si se quiere; cosa extrañísima. ¿Cómo aquel baston, reliquia anticuaria y social, no pasa á uno de los ricos y preciosos Museos de Paris? No por mil francos, no por un millon de francos, consentirian los ingleses que pasara á manos de extranjeros un baston de cualquiera de sus personajes históricos. Si yo no codiciara en este mundo otra cosa que un talego de oro, me consideraria feliz poseyendo un baston de Cromwel, de Milton, Shakspeare, de cualquier Richelieu inglés, ora político ó literario.

A pesar de la reiterada afirmacion de aquella señora, y de las formales aseveraciones de dos franceses, no me atrevo á creer que aquel baston fuera efectivamente de Richelieu. ¿Cómo no habia de recelar la Francia que se lo llevaran los ingleses, que es como si dijéramos los moros? ¿Cómo los moros (para Francia) no se lo hubieran llevado ya?

Perdóneme la señora del almacen, perdónenme los dos caballeros parisienses; yo no lo creo; en honra de Francia, no lo debo creer.

A las seis comimos en el hotel de Madrid (comer para mí es sentarme á la mesa) y nos dirigimos inmediatamente hácia la Magdalena, palacio griego convertido en templo cristiano.

Desde los altos y espaciosos pórticos de aquel templo, veiamos á un mismo tiempo la calle Real, la hermosa plaza de la Concordia, las entenas y cables de un bergantin surto en el Sena, y uno de los palacios que adornan la otra orilla del rio.

No es una vista pintoresca y expresiva, como las de Génova, como las de Nápoles, como las de Roma, como las de Granada, Córdoba ó Sevilla: no es una belleza italiana, griega, española; no es una naturaleza artística, por decirlo así; un arte naturalmente monumental, pero es una belleza grandiosa.

Avanzamos hasta el principio de la plaza y el espectáculo cobró mayores dimensiones. Hé aquí el boceto.

Dos fuentes riquísimas en escultura y agua, circuidas por una especie de celaje de polvo, porque tal es la impetuosidad con que el agua brota: en medio de las fuentes, un obelisco egipcio colosal: en torno á la plaza, grandes pedestales con las estátuas de las principales ciudades del reino, sembradas todas las distancias por gruesas farolas de bronce: hácia adelante, el Paris de la otra orilla del Sena, con su aspecto feudal, sus palacios que parecen castillos, sus casas y sus árboles corpulentos y verdes: hácia atrás, los dos palacios que limitan lateralmente la calle Real, y en su fondo el gran templo de la Magdalena, circuido de suntuosas columnas estriadas: á la izquierda, el jardin de las Tullerías, dividido por una verja, coronada á intérvalos de águilas doradas, entre dos pedestales que sostienen caballos de mármol; luego un surtidor del jardin que arroja el agua á la altura de un cuarto ó quinto piso, formando mil ondulaciones caprichosas á impulsos del viento; despues varias calles de árboles simétricos, á través de otras fuentes, hasta cerrarse el horizonte con la fachada del palacio imperial, corriendo una extension de novecientos á mil pasos: á la derecha, los campos Elíseos, por entre cuya hilera de árboles se dilata la vista, hasta detenerse en el arco triunfal de Napoleon, creacion enorme de la riqueza y del entusiasmo.

Luego que hubimos satisfecho los primeros conatos de admiradora curiosidad, paseando los ojos tardíamente sobre aquel grandioso panorama del arte humano, no del arte francés, digimos á nuestro necesario fiacre que nos llevara al arco de la Estrella.