Un coche es aquí un personaje de primera categoría, la gran carta de recomendación y el gran amigo del extranjero.
El buen fiacre cogió el trote camino del arco, á través del aristocrático palacio de la Industria, del aristocrático palacio de la democracia (la democracia tiene un palacio casi enfrente del palacio del Emperador); á través tambien de los cafés cantantes de estío, del gracioso castillo de las flores, del jardin Maville, del jardin de invierno, del circo de la Emperatriz, y de casas modernas que son las más bellas que he visto.
Despues de correr un espacio de cuatrocientas ó quinientas varas, extension aproximativa de los campos Elíseos, nos encontramos bajo la bóveda central de aquella apoteosis espléndida de Napoleon, el arco del Triunfo. Desde aquel arco descubriamos, á una distancia de un cuarto de legua, el bosque de Bolonia, cuyo camino aparece sembrado de árboles y elegantes quintas, que le comunican un aspecto muy grato, aunque no bastante pintoresco; porque yo entiendo por pintoresco lo que es variado, caprichoso, y sobre todo caprichoso de un modo agreste.
Vemos á la vez el arco del Triunfo, el dilatado bosque de Bolonia, el Obelisco de la Plaza, mientras que nadando sobre la copa de los árboles que pueblan el jardin de las Tullerías, allá, como una nube medio perdida en el horizonte, como el amago de una borrasca, como la aparicion indecisa de una sombra, se levanta trémulamente, segun la ilusion óptica, la torre negra del Palacio Imperial. De manera que mirábamos, casi simultáneamente, el monumento triunfal levantado á la Francia revolucionaria y conquistadora, el monumento del Egipto usurpado, y el monumento de la segunda Francia imperial: un triunfo, una usurpacion y un misterio: el arco, el obelisco y las Tullerías.
Eran casi las ocho; y apenas podia distinguir el nombre de los generales y batallas del imperio, batallas y nombres escritos en las altas paredes de aquella pirámide.
No soy tan entusiasta de Napoleon como otros muchos. Le admiro más por sus desafueros y sus vicios que por sus virtudes y sus glorias: si viviera le apostrofaria vigorosamente en estas páginas. Estando muerto, siendo historia, le acato. Bajo estas bovédas colosales, bajo esta colosal inspiracion de un pueblo entusiasta, le venero. Su evocacion es aquí una sombra que me conmueve, que me ilustra, que me moraliza, que hace hervir mi alma bajo la inmensa idea del hombre. Sí, venero á Napoleon bajo este arco, bajo este mausoleo de su ceniza histórica, como no puede menos de venerarse la memoria de los Faraones tiranos en presencia de las pirámides egipcias. Sí, le venero; y el que quiera saber cuán poderoso es el genio artístico embelleciendo la historia social, un genio embelleciendo á otro genio, un siglo embelleciendo á otro siglo, la humanidad embelleciendo al hombre: el que quiera saber de qué modo una piedra halla el camino de nuestro corazon, que venga y contemple este arco.
Eran ya las nueve cuando nos dirigiamos hácia la plaza de la Concordia, con el objeto de seguir la calle de Rívoli hasta la casa de la Ciudad ú hotel de Ville.
Antes de penetrar en la calle, quisimos ver la perspectiva que presentaban los campos Elíseos iluminados, así como la plaza de la Concordia.
¡Espectáculo magnífico por cierto! Desde dentro del jardin de las Tullerías, alcanzábamos á ver en dos filas simétricas los muchos faroles de gas que alumbraban los campos Elíseos, hasta el mismo arco de la Estrella, presentándose á nuestros ojos aquellas dos filas como dos columnas flotantes de fuego. A la izquierda, por entre los árboles, asomaban furtivamente centenares y centenares de luces, unas formando pórticos y fachadas, otras sembradas por entre los árboles del paseo, luces que iluminaban uno de los cafés cantantes de verano. Á la derecha se descubrian tres grupos brillantes, que eran otros tantos cafés de canto, en cuyas fachadas habia juegos de gas que representaban varios caprichos, entre otros, un águila con las alas abiertas y caidas, como si remedara un lloron.
Excepto la entrada de los emigrados en la plaza del Vaticano, entre un bullicio indefinible de pueblo y millares de hachas encendidas, así como la iluminacion instantánea de la cúpula de la gran Basilica en la noche de San Pedro: exceptuadas estas dos ocasiones, repito, no he experimentado nunca un sentimiento en que más participara de esa especie de éxtasis con que adormece nuestro ánimo la percepcion de lo maravilloso.