¡Al Pensamiento! Y me hallo que es una zapatería. ¡Al bello pensamiento! Y me doy de cara con una caja de confites. ¡A la sílfide! Y me encuentro de manos á boca con un grasiento restaurant. ¡A la gran industria del siglo! Y es un salon de limpia-botas. ¡Al dulce céfiro! Y es un almacen de quincalla. ¡A la estrella del Mediodía! Y es quizá una tienda de tapones de corcho. ¡Al buen pastor! y es un almacen de baratijas ó una tienda de comestibles.

Esto no me divierte; al contrario, me repugna, me fastidia, casi me sonroja; sí, casi, casi me da vergüenza. Creo que semejantes desatinos son contra el respeto que debe merecernos la opinion pública, contra el decoro que todos debemos á la formalidad, contra la cortesia universal que debe el hombre al buen sentido. ¡Zapato galante! ¿Cómo y en qué? ¿De qué modo puede un zapato tener galantería? ¡Al pensamiento! ¿Quién es un fabricante de calzado para hablarnos del pensamiento? ¿Qué pensamiento puede encerrarse en su zapatería? ¿Ni quién es tampoco un fabricante de confites para hablarnos de pensamientos bellos? ¿Qué sabe él lo que es un pensamiento bello? ¿Qué belleza de pensamiento puede esconderse en sus confituras? ¿Ni qué tiene que ver el céfiro con un almacen de quincalla, ni el poner betun en las botas con la gran industria del siglo, ni una sílfide con una fonda, ni un almacen de tapones de corcho con la estrella del Mediodía, ni una tienda de comestibles, en donde se vende aceite, vinagre y velas de sebo, con el buen pastor, con ese buen Pastor que es una personificacion religiosa, un símbolo moral, una especie de poder divino? ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?

Los españoles serémos menos cultos; pero somos más circunspectos, más sérios, más formales. Serémos africanos, serémos hotentotes, bien; pero no podemos hacer un arte de la humorada de divertir al mundo con chocarrerías. Esta gravedad cómica y esta jovialidad trágica que tienen los franceses para decir los mayores disparates con la esplendidez más pomposa, hasta con cierto engreimiento, hasta con cierta altanería, es una cosa que me subleva y me amargura. Al ver tan pueriles frivolidades, antes que vivir en Paris, preferiria vivir en una choza, enclavada en el fondo de un bosque, aunque fuese un bosque de la selva Negra.

¡Ay! y quizá la Europa, tal vez el mundo, espera de este pueblo la revolucion moral de un principio, la constitucion de un pensamiento, la pauta y la fórmula de un sistema! ¡La Europa y el mundo esperan acaso de esta ciudad una idea, una conducta, un código!

¡Ay! Hubo un tiempo en que yo lo esperaba tambien. ¡No habia estado en
Paris!

Si faltando la ayuda del pueblo francés, para esa revolucion trascendental, lenta, difícil, concienzuda, prudente, á la vez convencida y demostrada; si faltando la ayuda de Paris para esa laboriosa transformacion, tuvieran todos los pueblos de la tierra que cavar su sepulcro, pueblos de la tierra, pueblos del mundo, empezad á cavar vuestra sepultura. Esa revolucion no saldrá de aquí. Ignoro si saldrá de los hijos del Cáucaso, de los agrestes y bárbaros Kalmukos; pero creo que no ha de salir de los franceses.

Paris es una vieja que se mira al espejo, se ve el rostro lleno de arrugas y de lacras, y coge compotas, coge menjunges, coge untos, y se adoba y se alisa la cara, como el albañil alisa una pared.

Esta cultura es una tiniebla iluminada por un fuego fátuo; es una sombra herida exteriormente por una luz que viene de abajo, que no viene de arriba, que alumbra por fuera, que no alumbra por dentro. Esta cultura es una civilizacion endeble, flaca, postiza, enferma, que quiere engalanarse para que no se vea lo asqueroso de la enfermedad, como los tísicos proyectan viajes y romerías cuando sienten en la garganta la agonía de la muerte. Esta cultura tan decantada, tan brillante, tan coqueta; esta civilizacion tan adornada, tan entrometida, tan jactanciosa, es una púrpura que cubre una llaga; es la sonrisa con que el cortesano oculta el cáncer de sus envidias y de sus odios, la flor desgraciada con que se corona la copa de un veneno. Esta cultura es una civilizacion que vive á expensas de la verdad y del ser de las cosas; de esa verdad que Dios ha puesto en todas partes; la verdad con que el humo sube, con que baja la piedra, con que la luz alumbra, con que la lava quema, con que la catarata corre, con que el huracan arrebata; esa verdad que es el gran enigma, el gran principio, la gran ciencia, el dogma sempiterno de la creacion. Esta cultura es una civilizacion que triunfa a costa de la ciencia de Dios, y Dios no puede permitir que este pueblo sea el pueblo de la humanidad. ¡No! no puede ser el maestro del mundo, un pueblo que llama gran industria del siglo á la operacion de lustrar las botas, y céfiro á una tienda de quincalla, y estrella del Norte ó del Mediodía á un almacen de tapones de corcho, y buen pastor á un despacho de aceite y de vinagre, y sílfide á un mesón, y pensamiento á una zapatería, y bello pensamiento á unos confites.

Blondas exquisitas, exquisitos bordados, jabones trasparentes, pomadas perfumosas, untos embrujados para que nazca el pelo, muñecos graciosísimos, preciosos juguetes, cuquerías envidiables; eso, sí: una revolucion moral, lenta, constante, trabajosa, concienzuda; un trabajo profundo y difícil; una creacion lógica, extensa, trascendental; una cosa grave, formal, seria, eso, no.

¡Cuánto más ha de hacer mi pobre España, esa España que los franceses llaman salvaje; que los franceses han comparado á la Morería! ¡Cuánto más ha de hacer en favor de la humanidad! ¡Cuánto más ha de hacer para que se cumplan en el mundo los ocultos designios de la Providencia! El tiempo lo dirá.