Le estoy viendo delante de mí, le estoy contemplando durante cuatro ó cinco minutos, quiero concentrarme, quiero abstraerme, quiero venerar, quiero que la idea de un ente supremo deje caer sobre mi alma una sombra inmensa; no puedo conseguirlo. Las musas me llaman, la fábula griega me distrae, los bosques de la isla de Calipso me hablan de amor; veo flores, mujeres, altares profanos; huelo perfumes embriagadores; diviso florestas, cuyas sombras parecen ocultar misterios lascivos; oigo á lo léjos un ruido que me intranquiliza, que me seduce; pero que me seduce como nos seduce una maga ó una circe. Cedemos al placer, pero cedemos suspirando: nuestros sentidos están alegres; nuestro corazon está triste. En una palabra, mirando ese rico palacio ateniense, lo veo todo, menos la lágrima de la Magdalena, aquella lágrima escondida y humilde, fervorosa y santa; aquella lágrima que es una poesía más sublime que la más sublime poesía de todos los poetas del mundo; la poesía del Calvario.
¡Cómo la piedra nos enseña tambien! ¡Qué historia más grande es la arquitectura! El libro puede escribirse de dos modos, en papel y en mármol. La imprenta existió siempre: antes se llamó Fidias; luego se llamó Guttemberg.
Estudiando ese alcázar que me llena de admiracion, se comprende la infinita superioridad del Cristianismo sobre todas las religiones del Asia, de la Grecia antigua y de la antigua Roma, no sólo en materia de dogma, de ciencia, de política y de moral, sino hasta en materia de arte. Chateaubriand decia muy bien: el mismo bronce, la ruda campana, nos inspira cierta melancolía dulce y religiosa, cierto éxtasis indefinible, cuando es intérprete de los sentimientos cristianos.
La poesía cristiana no nos ofusca, no nos arrebata; nos llama, nos atrae, nos acaricia: no nos seduce; nos persuade; no nos alucina, nos duerme.
La poesía cristiana, el arte cristiano, no es brillante, deslumbrador: es grave, severo, recatado. Es una figura que se cubre á medias con un velo. La parte que vemos, hace que nos enamoremos de ella, y la amamos. La parte que no logramos ver, nos hace adivinar un prodigio, y la adoramos.
El paganismo no hacia más que amar, porque no veia más que formas. El Cristianismo ama y adora al mismo tiempo, porque al mismo tiempo ve cuerpo y alma, formas y prodigios, tierra y cielo, humanidad y Dios.
El arte gentil habla á los sentidos, al corazon y á la fantasía.
El arte cristiano habla al sentimiento, á la conciencia y á la fe.
El arte gentil conoció la poesía del placer.
El arte cristiano conoce y siente la poesía del dolor.