No es un edificio del renacimiento, ni del feudalismo, y sin embargo, nos parece que tiene algo del feudalismo y del renacimiento; algo del siglo X y del siglo XIV. Tiene lo que debe tener un palacio; no tiene nada de lo que tiene una abadía ó un convento, y sin embargo, menos que la idea de palacio me suministra la idea de una abadía, con su pórtico, sus columnas, sus ventanas, sus torreones y las esbeltas y atrevidas agujas de sus para-rayos, que parecen ser veletas de un templo. Sin dejar de tener la gravedad de la magnitud, el aire espléndido de la grandeza, la magnificencia liberal de la pompa, encontramos en ese alcázar algo festivo, algo risueño, algo popular. Es un noble, un magnate, un monarca, que sin dejar de ser monarca, magnate ó noble, tiene algo del antiguo preboste de los mercaderes. Sin dejar de ser un palacio grandioso, un monumento colosal, tiene algo de la humilde casa de los Pilares, algo de la pobre barraca del Sena, del primitivo locutorio; algo de aquello que pasó para la arquitectura, que no ha pasado, que no pasará nunca para el espíritu del hombre; sobre todo, para el espíritu de los pueblos. Hay algo popular que arranca de ahí, que de ahí se desprende y viene á buscar al espectador.
El palacio del Ayuntamiento forma un extensísimo paralelógramo, flanqueado por dos pabellones intermedios y cuatro pabellones en los ángulos.
Encima de la entrada principal, que da á la plaza, se ve un bajo-relieve, ejecutado en bronce, el cual representa á Enrique IV montado á caballo. El patio está circuido de graciosos pórticos, y exornado por una estátua de Luis XIV, obra de Coysevox, reliquia preciosa para el arte, que la aprecia más que las numerosas estátuas de los hijos célebres de Paris, que decoran el frontis de este opulento alcázar.
En la fachada del Norte, que cae al Sena, se ven doce estátuas alegóricas, y al pié, verde, humilde y gracioso, un jardincito limitado por una verja, la cual lo separa del borde del rio. No es una perspectiva arrebatadora; pero es ingénua, cándida, inocente como los recuerdos de la niñez. Al ver esos hierros, esa verdura y las aguas del Sena, parece que vemos al Paris feudal, y nos acordamos naturalmente de Abelardo y Eloisa.
Tal es el edificio por fuera; visto por dentro, no es un edificio, sino un mundo fascinador. Son notabilísimas la sala de los Arcades, el salon del Emperador, el de la Paz, el de las Cariatides, el del Zodiaco, la galería de piedra, la de las fiestas, adornada con una profusion que excede á todo exagerado encarecimiento, y el salon de las artes. Pero más que todos esos fastuosos salones, más que todas esas ricas exposiciones de la entusiasta imaginacion de un pueblo brillante y fantástico, más que todos esos fatigosos alardes de lujo y de riqueza, hieren y cautivan nuestra atencion tres salas extensísimas, casi desnudas, silenciosas, solemnes: la sala del trono, con sus doce enormes arañas, destinada primitivamente á las recepciones, á los banquetes y festines, y las dos salas de los Prebostes, de esos magistrados del pueblo, de esos reyes de la ciudad, de esos alcaldes absolutos que eran los amos de Paris, como los padres de la edad media eran los amos de su familia, como los señores feudales eran los amos de su feudo y de su castillo. El preboste era el guardian de aquel convento; era el abad de aquella abadía.
La sala del trono, con cierto aire de grave y reposada aristocracia, con la elocuencia imponente, venerable y austera de la antigüedad, con la fantasía lúgubre y poderosa del pasado: y las dos salas de los prebostes, con cierto aire de cordialidad y de franqueza, de barbarie agreste y de recta justicia, con esa mistura de desenfado y de miramiento que veneramos en los antiguos, el desenfado del hombre rudo, y el miramiento religioso del hombre de bien; esas tres salas, que pudieran llamarse de los cristianos viejos, nos atraen magnéticamente con dos emociones distintas: la emocion de la historia, y la emocion de la poesía; esa poesía que va unida al orígen de todas las cosas, porque la infancia, la niñez, es naturalmente poética; la poesía que tiene la cuna, en donde la madre cria á sus hijos. Aquí pensamos y sentimos; todas esas figuras caen á un mismo tiempo sobre nuestra cabeza y nuestro corazon.
La casa de la Villa como agradecida á sus buenos padres, como si no quisiera divorciarse de la pobre casa de la Greve, y de la húmeda barraca del Sena, como la familia que pone en la sala principal de su casa el retrato de sus mayores, como el hijo que guarda la cuna en que su madre le crió; la casa de la noble villa de Paris (la gratitud y la lealtad son dos virtudes nobilísimas) nos presenta en estos dos inmensos salones, en estas dos inmensas galerías históricas, los bustos de varios prebostes del pueblo, desde Evreux, que capitaneó el cabildo de Paris en 1205, hasta Tradaine, que reinó, por decirlo así, en 1705.
Esta reverencia hácia el pasado, este saludo á nuestros mayores, este gusto de historia y este sentimiento de poesía, son cosas que me encantan en todas partes; en Paris tambien: he pasado un rato delicioso, y no puedo pagar esta deuda del alma, sino dando mi humilde enhorabuena á los creadores de este palacio, y al pueblo que lo guarda, que lo venera y que lo admira.
¡Adios, afortunados mármoles, que nos representais hombres sencillos, valerosos y honrados! ¡Adios, mármoles, que dais testimonio de que existieron en el mundo la barbarie, la valentía, el cumplimiento de la palabra, la lealtad y la buena fe! ¡Adios bustos! ¡Adios prebostes! ¡Adios, cristianos viejos! ¡Adios, vosotros que fuisteis aquí, lo que los antiguos alcaldes fuéron en mi patria! ¡Dios os tenga en su reino, que harto merecen la gloria eterna, los que siendo incultos, supieron ser cristianos!
Hasta aquí he hablado de la historia de la piedra. Ahora tengo que decir dos palabras acerca de la historia del libro.