Ahí, en medio de esa sala del trono, el pueblo de Paris, puesto de rodillas, saludó á Enrique IV y á Luis XIV.
Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde Paris arrodillado saludó á Enrique IV y á Luis XIV, se instaló la Comision revolucionaria del memorable 10 de Agosto.
Ahí organizó la rebelion que la hizo triunfar de un monarca, encerrado en las Tullerías.
Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde una crísis turbulenta arrancó á un monarca de su palacio, cayó herida y exánime la revolucion con Robespierre en el memorable dia 9 de Thermidor.
Ahí, en ese balcon de la fachada principal, se asomó el general
Lafayette, presentando al duque de Orleans, que luego se llamó Luis
Felipe.
Ahí, en los tramos de esa magnífica escalera, casi debajo del balcon en que Luis Felipe habia sucedido á otro rey, el movimiento del 48 presentó al tribuno y poeta Lamartine la bandera republicana, esa bandera que sucedió á Luis Felipe, como Luis Felipe habia sucedido á Cárlos X.
Esta plaza, la plaza de la Greve, cuyo nombre hace brotar en nuestra fantasía tantos espectros ensangrentados, sirvió de lugar á las públicas ejecuciones hasta 1830.
Si esas piedras pudiesen decir lo que han visto; si esta tierra pudiese hablar, ¡cuántos crímenes, cuántas agonías, cuantas lágrimas, cuántos gemidos, cuántos arcanos y cuántos y cuán graves remordimientos vendrian á caer sobre la conciencia de Paris!
Me quité el sombrero ante el ilustre y orgulloso sucesor de la casa de los Delfines y de la barraca del Sena, me metí en el coche: al arco de la Estrella, grité al cochero, y á los quince ó veinte minutos me encontraba bajo esta pirámide colosal, bajo este enorme catafalco.
Pero me olvidaba de una coincidencia que me hirió de un modo muy raro. Á los trescientos ó cuatrocientos pasos de la casa de la Ciudad, vi un edificio grande, muy grande, negruzco, pesado, macizo, como si estuviese apilado sobre sus cimientos: un palacio lóbrego, que parece más bien una fortaleza, ó una prision de Estado. Era el palacio de las Tullerías. Y dije para mí: no en balde se encuentra este palacio en la misma línea que la casa de la Ciudad; no en balde se hallan en una misma zona geográfica, bajo un meridiano, por decirlo así. Esos dos monumentos históricos y políticos son dos poderes, dos recuerdos, que se miran y se provocan. Las Tullerías son la morada del silencio, de la ceremonia y de la reserva. El palacio del Ayuntamiento es la morada de la discusion, de la franqueza y de la libertad. Esta es la casa de la tradicion; aquella es la casa de la historia. Son dos tronos, en el de aquí se sienta el rey; en el de allí se sienta el pueblo. Aquí reina la Monarquía; allí reina la Francia. Pero vamos al trofeo de Napoleon.