Llego al arco de la Estrella á las siete y cuarto. El sol acaba de ponerse, y brilla el Occidente á las últimas ráfagas del astro del dia, sin embargo de que ya se insinúan las primeras sombras de la noche, formando esa atmósfera vaga é indecisa, medio brillante y medio turbia, en que no sabemos si miramos luces ó sombras. Pero yo habia logrado mi objeto. No queria sino dominar de una mirada aquel maravilloso conjunto; no quería sino recibir la impresion de aquel enorme promontorio, y veo perfectamente hasta los menores detalles.
Este coloso que contemplo es el arco de más magnitud de que habla la historia. Acaso Babilonia, Tebas, Nínive ó Mitilene ofrecieron á la admiracion de aquellos siglos un arco más grande; pero esos monumentos, si existieron, se han perdido para la historia.
Los cimientos de este arco monstruoso, sublimemente monstruoso, tienen cerca de 9 metros de profundidad, segun el cochero me asegura, más de 54 de longitud y 27 de latitud. Su elevacion raya en 50 metros, sobre una latitud de 44 y un espesor de 22 ó 23. Napoleon puso la primera piedra en 15 de Agosto de 1806, y se terminó en 1832, bajo Luis Felipe.
Las sombras de la noche empiezan á indicarse, dejando en el aire cierto tinte oscuro, como si empañasen el ambiente. En este momento se encienden los faroles de la gran plaza, cuyo centro ocupa este gigantesco panteon histórico, y la luna aparece á poco, entre nubes ligeras, por detrás de los árboles de las Tullerías, de las fuentes y del obelisco de la plaza de la Concordia.
La fachada principal del arco está decorada por dos trofeos simbólicos: el uno representa la partida, y el otro la vuelta del ejército. Otros dos emblemas exornan la fachada opuesta, que mira á Neuilly: la resistencia y la paz.
Entre la imposta del arco principal y el cornisamento, se ven cuatro hermosos bajo-relieves, los cuales figuran las exequias de Marceau, la batalla de Aboukir, dada en 1798, en ocasion en que Murat hace prisionero al bajá de Roumelia; el puente de Arcola, tomado portentosamente por Napoleon en medio del fuego enemigo, y la toma de Alejandría, á fines del siglo XVIII.
Un bajo-relieve de Marocheti, que representa la batalla de Jemmapes, en 1792, orna el frontis lateral del Norte, y otro bajo-relieve, que representa la batalla de Austerlitz, orna la fachada lateral del Mediodía.
Arriba, sobre el friso, como una corona que está ciñendo una cabeza, se ven grupos inmensos, los cuales figuran la ida y la vuelta de los ejércitos franceses. ¡Cuánta belleza!
Palmas, cabezas de Medusa, coronas, famas de Pradier, rótulos, victorias, todo completa la ilusion del triunfo. Así como en la Magdalena no puede pensarse en los santos, aquí no se puede dejar de pensar en los héroes. Si la Magdalena fuese una basílica como este arco es un trofeo, si el espíritu de la religion dominase tanto en aquel alcázar, como el espíritu de la heroicidad y del entusiasmo domina en esta poderosa creacion, la Magdalena seria un gran templo.
Penetré en el arco, y escritos sobre las anchurosas paredes y sobre las altísimas bóvedas, divisé los nombres de noventa y tantas victorias, además de las representadas en los bajo-relieves del frontis, de trescientos ochenta y cuatro generales, y de varios cuerpos de division que tomaron parte en las guerras de la Revolucion y del primer Imperio.