Este arco prodigioso es la verdadera divinizacion de Bonaparte. El alma no puede menos de formar una idea muy grande, muy atrevida, muy gigantesca, una idea casi maravillosa, casi fantástica, del hombre que con ese monton de mármoles da las gracias á sus compañeros de lucha, de triunfo y de gloria; porque esa enormísima y espléndida pirámide no es otra cosa que las gracias que da un general á sus fieles y valientes soldados. La gratitud que así se insinúa, podrá no ser muy fervorosa; pero es magnífica.
Yo permanecia embobado leyendo en las paredes y en las bóvedas los nombres memorables de los generales y de las batallas, cuando la luna se oscurece repentinamente, ocultándose en un celaje espeso, la luz de los faroles de la plaza no penetraba por el arco, y me vi envuelto en sombras, pareciéndome que me encontraba en el fondo de un grande osario. El arco habia dejado de ser un trofeo, para convertirse en un panteon. En este momento la luna se despeja, ilumina la sombra que me rodeaba, y quitándome instantáneamente el punto de vista, me pareció que el arco se movia, y que avanzaba, con todos sus huéspedes y sus combates, hácia la plaza de la Concordia. Yo me creí arrostrado por aquel empuje descomunal, figurándoseme que iba en el vientre de un mónstruo deforme. Sentí escalofrios en toda la espalda, y con los cabellos erizados y un estremecimiento nervioso que no podia evitar, salí á cielo raso. Cien magníficas farolas alumbraban la plaza del arco del Triunfo; están encendidos todos los faroles que se extienden, en dos líneas simétricas, hasta el jardin de las Tullerías; veo á lo léjos tres variados grupos de luces, como si fuesen otras tantas hogueras: eran los tres cafés cantantes de los Campos Elíseos; veo tambien profusamente iluminada la puerta del baile de Mabille, del castillo de las flores…. Esto no es un paraje público, no es un paseo; es un teatro; más que un teatro, una especie de encantamiento. Esta perspectiva es una de esas imaginaciones con que los poetas han idealizado los valles y los bosques de la Normandía; esto es un lago de hadas; una fantasía de Osian, no tan delicada, no tan tierna, no tan expresiva, no tan grata al espíritu; pero brillante, deslumbradora, francesa, parisiense, es decir, dramática.
Subí al coche, y bajamos pausadamente á través de los Campos Elíseos, hasta la plaza de la Concordia. Allí me apeé, y me dirigí hacia las fuentes. La luna caia sobre los borbotones de agua y de espuma, y daba á la nube de agua que las fuentes arrojan, la diafanidad y el brillo del nácar, de la concha ó del cristal, mientas que en medio de las dos fuentes, emblemático y silencioso, se levantaba el monumento de otras edades, la creacion de otra raza, el peregrino de otras religiones, un viajero de otros climas, de climas remotos y poéticos; el obelisco de Loupsor, cerca del Cairo. Al llegar al pié del obelisco, volví los ojos instintivamente como para ver si descubria el arco del Triunfo, lo descubrí en efecto como desde la mar se descubre un monte, y una idea ardiente cruzó como un rayo por mi imaginacion. Me figuré que los dos monumentos se miraban; me figuré que dos mundos distintos y contrarios sacudian el polvo de su honda tumba, para pedirse cuentas ante la historia: me figuré ver el Asia y la Europa, Mahoma y Jesucristo, Sesostris y Napoleon. Clavado al pié de aquel trofeo de otras victorias, procuré ver si podia distinguir algun geroglífico, á favor de los rayos de la luna, deseando probar el efecto que produciria en mi inteligencia. Despues de empinarme sobre la punta de los piés, y de estirar el cuello; despues de esforzar á un mismo tiempo los ojos y la voluntad, alcancé á distinguir una figura, que era una especie de cuadrilátero, emblema tal vez de los cuatro elementos. Pasaron cuatro ó cinco minutos, y no sabia cómo desasirme del encanto que me tenia sujeto á las paredes de aquella mágica columna. Y allí me preguntaba: ¿por qué el obelisco cautiva de tal modo nuestra atencion?
Escritores notables son de parecer que el interés que el obelisco nos inspira procede de la circunstancia de ser una columna, compuesta de una sola pieza; más claro, de la circunstancia de ser una maravilla de mármol. Para estos escritores no hay otra razon que la magnitud, la forma, el arte, la arquitectura. Esto explica algo; pero está muy distante de explicarlo todo. No, no es únicamente la arquitectura. ¿Qué arquitectura tiene una cruz? Sin embargo, halle el hombre más indiferente una cruz humilde en medio de un desierto, en el silencio de la soledad; mire aquella cruz que le está diciendo que allí descansan las cenizas de un hermano suyo, como sus cenizas descansarán mañana en otra parte, y el hombre se destoca, palidece ó reza. Visitemos un valle frondoso, y entre flores verdes y lozanas, encontremos una flor marchita. ¿Qué arquitectura tiene esa pobre flor? Sin embargo, al mirar la flor seca, no podemos menos de suspirar; aquella flor se mústia como se marchita nuestra vida, como se marchitan nuestras ilusiones, nuestros amores, nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestros delirios. Aquella flor seca es la historia de nuestro corazon, un eco que resuena hondamente en nuestra alma. No es una flor del valle; es una memoria, un sentimiento, un vaticinio de la vida; es una poesía triste, una poesía que hace llorar.
El obelisco no nos atrae, no nos llama, no nos interesa, no nos seduce, sino porque es una especie de escritura sagrada, un geroglífico que no comprendemos, un pensamiento que no adivinamos, el símbolo de una creencia, un símbolo de fe, un símbolo de religion. No es el arte, no es la arquitectura, no es la forma, no es la magnitud lo que nos llama en ese monumento emblemático; es la religion, el misterio, el espíritu.
Aquello es un arco; esto es una plegaria.
Aquello es un trofeo; esto es un enigma.
Allí admiro el orgullo de un hombre.
Aquí venero el arcano de una esperanza.
Esto es más que aquello, lo ha sido, lo es, lo será eternamente, porque para la idea de Dios el tiempo es una escala que, no tiene tramos. El geroglífico misterioso de Sesostris, es más que la soberbia fastuosa de Napoleon. Sí, repetia yo interiormente, el obelisco me atrae más que el arco, porque esto es más que aquello, y al pronunciar estas palabras me volví, y alcancé á ver, como una aparicion trémula, casi flotante, el suntuoso pórtico de la Magdalena, que parecia nadar sobre sus columnas. Entonces, sin poder resistir á mis ideas, dije en alta voz: y aquello es más que esto; la iglesia cristiana es más que el obelisco asiático; la caridad del Redentor del mundo es más que el misterio de Sesostris.
Me dirigí al coche, al mismo tiempo que el cochero avanzaba hácia mí, porque habiéndome oído hablar, se imaginó que le llamaba, ó quizá que estaba maniático ó que me habia vuelto loco.
—¿Est-ce que vous m'appelez, monsieur? (¿Me llama usted, señor?)
—Pas du tout. (No.)