—Mais j'ai entendu…. (Es que he oído….)
—Je n'ai rien dit. Á l'hôtel des Étrangers! (Nada he dicho; á la fonda de los Extranjeros), y me metí en el coche. No habian pasado quince minutos, cuando me apeaba en la calle de Feideau. Mi pobre mujer me esperaba asomada al balcon, significando cierta impaciencia, pagué al cochero y subí la escalera como un relámpago.
—¿De dónde vienes?
—De la casa de la Ciudad y del arco del Triunfo.
—¿Y qué traes?
—Muchas cosas, muy grandes y muy buenas.
Mi mujer tomó una friolera y se acostó. Yo empecé á escribir esta desaliñada Revista, que me entretuvo hasta la una y media. Pero no quiero terminar este dia sin dar parte al lector de que tengo una curiosidad, casi un deseo, casi una ilusion: la ilusion de visitar un monumento de Paris; un monumento en que he pensado muchas veces, que he creido ver desde España, porque uno cree ver todo aquello que le hace sentir, y algo ve realmente, puesto que el corazon tiene tambien ojos; un monumento que amo mucho, tanto como si fuera de mi país, aunque los monumentos no tienen países. El arte es como el sol: donde brilla allí reina; tiene por patria todo lo que alumbra.
Al acostarme, vi que mi mujer estaba despierta. ¿Cuándo visitarémos, la dije, el edificio de que te he hablado tantas veces?
—En la semana entrante, contestó mi mujer.
—En la semana entrante, respondí yo; queda convenido.