He dicho algo á mi compañera sobre lo bueno que seria á ciertos hombres el poderse mantener con la virtud espiritual del pensamiento; el vivir de una manera infusa, por revelacion, pero mi compañera me responde que en vano doy que hacer á mi fantasía, porque no hay más medio que resignarse á la calamidad de comer. Ella dice que el mismo fuego necesita sustancia que lo nutra, que el mismo aire parece ser el alimento de la atmósfera, como la atmósfera parece ser el alimento del espacio. Dice que la chispa escondida dentro del pedernal necesita un golpe para salir; pero yo no puedo consolarme. El pedernal no anda rodando por las aceras de Paris, á caza de un guisado que no tenga harina, y de un trozo de carne que no esté dura y ensangrentada, y de una botella de vino que no esté agrio, amargo, salado, picante, y no sé cuantas cosas más.
He dicho todo esto, porque la cuestion de comer se hace cada dia más apremiante y amenazadora. Los fiambres no bastan á un estómago débil como el mio, especialmente cuando está acostumbrado á otro método; el método de una mujer inteligente, cuidadosa y que debe quererme algo, segun las muestras.
En fin, la imaginacion de la comida (uso la palabra imaginacion para quitar á la palabra hambre lo que tiene de bajo y grotesco) nos reasume, nos absorbe, nos tiraniza.
Salimos á la calle con el fin de probar fortuna. Entramos en una galería del pasaje de los Panoramas, y vemos un aviso en que se ofrece dar de almorzar bien (confortablemente) por dos francos.
No anduvimos más. Nos sentamos en una mesa del rincon, y á los pocos minutos teniamos dos platos delante y una botella de vino Macon. Un plato es de carne y otro de pescado. La carne está dura, muy dura; el pescado tiene salsa blanca, muy blanca; el vino es amargo, muy amargo. Hice á mi mujer una seña, ella resistia por miramiento á los cuatro francos; pero otra señal la decidió, y salimos como habiamos entrado; digo mal salimos con 82 sueldos menos, pues á los 80 de estatuto tuve que añadir dos de propina; aunque la propina es un estatuto tambien..
En otra galería del mismo pasaje, nos dimos de cara con otro rótulo que promete tres platos fuertes, vino de Burdeos y sorbete al fin, todo por tres francos.
Subimos al piso principal; al entrar nos dieron una contraseña, y á poco se presenta un garçon con frac negro y corbata blanca. Bajo el influjo de la primera impresion creí hallarme en el memorable restaurant Champeaux, plaza de la Bolsa, é hice involuntariamente ademán de irme, pero la memoria de los tres francos me detuvo. Nos sirven una buena sopa, un plato de gallina, dos entremeses, una botella de Burdeos inferior; y al llegar á los postres, el elegante garçon entra con una batea llena de primores: porciones de manteca, ruedas delgadas de salchichon, peras, ciruelas, rábanos muy pequeños, dulces y otras curiosidades. Nosotros nos imaginamos ver abiertas las puertas del paraíso terrenal. Mi mujer empezó á proveerse, tomando sin duda revancha de los contratiempos sufridos, cuando el garçon la dice en un tono muy bajo y muy meloso:
—Perdone usted señora: no se pueden tomar más que dos porciones á eleccion. (Pardon, madame: on ne peut prendre que deux portions au choux.)
—Ya me parecia, me dijo mi mujer, que esto era demasiada suerte para nosotros.
—Si usted quiere tomar más porciones, añadió el garçon, será aparte….