De vuelta hácia casa, hemos presenciado cierto alboroto, acaecido en una taberna de la calle de Richelieu. Dos suizos empezaron á discutir sobre religion. El uno era del canton del Tesino, y defendia el culto católico. El otro era de uno de los cantones protestantes, y defendia el culto reformado. La disputa acabó por tirarse las copas á la cara, y no debieron andar por el aire las copas solamente, sino alguna botella, porque uno de los contrincantes tenia una herida bastante profunda, hácia la quijada derecha.

Recomiendo al jóven que haya de salir de su casa, especialmente de su país, que no olvide el consejo que voy á darle: guárdese muy bien de hablar nunca de su religion y de su patria. Son los dos asuntos que ofrecen un peligro más general y más inevitable. No hay hombre que no esté persuadido de que su Dios y su país son los mejores de la tierra. Disputad con él sobre todo; pero no le toqueis su país y su Dios. ¡De cuántos lances he sido testigo, y cuántas cabezas se han roto, y cuántos hombres han ido al Campo Santo por una imprudencia de este género!

Llegamos á casa y dije á mi mujer:

—Mañana es lunes; mañana principia la semana que aplazaste para la visita del monumento que tanto anhelo visitar. ¿Cuándo lo visitamos? Mi compañera me miró sonriéndose, y con la magnanimidad orgullosa del que otorga una gracia ó concede un perdon, responde á secas:

—Mañana.

—¡Dios te lo pague! contesté yo muy satisfecho.

=Dia décimo tercero=.

Almuerzo.—Coche.—Nuestra Señora de Paris.—Hija deshonrada.—Comida de campo.

Salimos del hotel á las diez y media. Despues de veinte minutos de marcha forzada, nos vemos en la calle de la Grand'Batelière. Hácia el comedio de la calle, encontramos un restaurant de mediano coturno, y allí hemos almorzado, no muy bien, por seis francos y algunos sueldos de propina. Volvimos á caminar á la aventura, y ya cansados, cerca del pasaje de Jouffroi, tomamos un bienhechor fiacre.

¿Où allons-nous? ¿Á dónde vamos? Gritó el cochero desde el pescante.