A Notre Dame, á Nuestra Señora, contesté desde dentro, é inmediatamente el carruaje comenzó su marcha.

Hace media hora larga que atravesamos un verdadero laberinto de calles, unas espaciosas y claras, otras húmedas, estrechas y sombrías. Apenas habrá un espectáculo más original, más extraño y curioso, que estudiar una poblacion como Paris desde la portezuela de un carruaje. Cada calle nueva, cada nueva plaza, cada barrio distinto, cada diferente localidad, se nos presenta como si fuese un lienzo que se va desdoblando de un interminable panorama. Uno espera á cada momento que se concluya; espera salir á cielo raso; espera ver campos, árboles, montañas, llanuras; espera verse libre de aquella red que lo va circuyendo por todas partes, y vienen calles y más calles, callejuelas y más callejuelas, plazas y más plazas, y llega un instante en que nos sentimos fatigado el pecho, y cansada la respiracion. No tuve la curiosidad de ver cuánto tardamos en la travesía; pero á mí me pareció sumamente larga. Excuso decir que á mi mujer la pareció infinitamente más larga que á mí, porque no se fija en las cosas con la intencion de estudiar y aprender, sino con el ahinco, franca y netamente español, de hacer burla de los franceses, y el aliciente de la murmuracion dura poco. La murmuracion es como la salsa de la visita; mi mujer no halla en mí una compañera con quien murmurar, y así es que se aburre.

[Ilustración: Frontis de Nuestra Señora.]

[Ilustración: Plaza de la Bastilla.—Columna de Julio.]

Despues de torcer millares de esquinas, y cuando ya casi teniamos turbada la vista de tanto mirar á izquierda y derecha, asomamos á una explanada que nos pareció alegre y deliciosa; luego atravesamos un puente; dirigimos precipitadamente una mirada á lo largo del rio, iluminado por los rayos de un sol de Junio, llegamos á la márgen opuesta, caminamos unos momentos…. ¡NOTRE DAME! ¡NUESTRA SEÑORA! Gritó el cochero con voz reposada y severa, como si su acento participase de lo venerable del lugar que nos anunciaba. Al oir el anuncio del cochero, experimentamos cierto sentimiento religioso, y otra sensacion que difícilmente podria explicarse. Es una sensacion parecida al miedo. Cuando nos hallamos al pié de un monumento célebre, de uno de esos monumentos que muchas veces hemos creido ver, que nos ha hecho sentir, que nosotros queremos como si fuera un individuo de nuestra familia, un individuo más grande que los otros, porque nuestra imaginacion lo ha divinizado á su manera: cuando sabemos que nos vamos á dar de cara con ese personaje misterioso, con ese ídolo de nuestra fantasía, con esa vaga creacion de nuestros recuerdos, parece que nos preocupa la misma idea que embarga nuestro ánimo, en el momento de recibir á un sábio, á un santo, á un apóstol, á un héroe, á un poeta; es decir, á un prodigio. Nuestra admiracion es una mágia que adoran muchos magos, ó bien es un mago que adora muchas mágias, y Nuestra Señora de Paris era para nosotros una especie de hechicería; hechicería sagrada, venerable, augusta, pero hechicería.

—¡Anda! dije á mi mujer, con el mismo tono con que la hubiera dicho: el mago nos espera.

Saltamos del carruaje, y nuestra ávida y respetuosa mirada se fijó en el frontis de la gran basílica. Aquella fachada es pintoresca, festiva, graciosa, sin dejar de ser grave, religiosa y solemne. Hay allí ese espíritu aventurero, esa galantería varia y confusa, esa poesía melancólica, apasionada, infantil, inocente, pero arrebatadora, de los edificios de la edad media, ora sea un templo, ora un palacio, ora un castillo, ora una cárcel. Aquella poesía indefinible no es un carácter de este ó del otro estilo arquitectónico; no es una revelacion del arte; sino una revelacion de aquella edad, el arte especial de aquellos siglos; una emocion de aquellos hombres y de aquellos tiempos, una verdadera emocion histórica.

Las treinta y cuatro columnas, altas, delgadas y sencillas, que sostienen la plataforma de esta gran fábrica, dan al edificio una gracia ateniense, fantástica, aérea; parece que nadan por la atmósfera. Aquellas columnas tienen la arrogancia atrevida y la idealidad misteriosa del obelisco.

Yo permanecí algun tiempo, sin moverme, sin poderme mover, como si sintiese agobiada mi alma bajo el peso de tantos recuerdos y tradiciones. En efecto, esa catedral que ahora contemplo, esa masa enorme, quieta, silenciosa, insensible; pero tan elocuente y tan entusiasta en medio de su silencio y de su quietísmo; ese monton de piedras que estoy viendo, es como el testimonio de otra raza, de otro pensamiento, de otro dogma, de otro mundo.

Este lugar, decia yo para mí, formaba parte de la antigua Citè. Este magnífico y caprichoso templo sucedió á una iglesia cristiana, levantada en el siglo IV al primero de los mártires, á San Estéban. Á este San Estéban, á esta humilde y primitiva basílica del cristianismo, único monumento religioso de la Citè, unió otra iglesia el rey Childeberto, hijo de Clovis, á instancias del obispo San German, bajo la advocacion de Nuestra Señora, de donde trae su orígen el nombre actual de esta suntuosa metropolitana de Paris.