Y la iglesia de San Estéban, así como la basílica del hijo de Clovis, habia sucedido á un templo pagano, levantado á Júpiter durante el reinado de Tiberio. Mucho despues, á mediados del siglo XII, un hombre ilustre, un oscuro hijo del pueblo que ganó la mitra á fuerza de talento, de virtudes y de piedad, Mauricio de Sully, concibió el pensamiento de construir la iglesia que ahora admiro. Un solo hombre principió esta obra gigantesca; siete siglos la terminaron.

Aquí han trabajado sucesivamente el Papa Alejandro III, que puso la
primera piedra en 1163, Felipe Augusto, el Cardenal de Noailles, Juan de
Montaigu, Felipe el Hermoso, San Luis, Luis XIV, Luis Felipe y Napoleon
III.

Bajo La Convencion, Nuestra Señora de Paris se vió convertida en templo de la Razon.

Bajo el Consistorio, la secta de los teofilántropos estableció aquí su culto.

En 1801 tuvo lugar el famoso y raro concilio, á que asistieron ciento veinte obispos constitucionales.

Bajo el Consulado, se restableció el culto católico, prévios una misa y un Te Deum, pomposamente celebrados en presencia de los tres cónsules.

En 1804, el Papa Pio VII puso la corona del Imperio sobre la cabeza del gran Napoleon.

Aquí tiene el lector la historia artística y social de NUESTRA SEÑORA DE
PARIS, de este gran libro escrito en piedra.

Pasadas estas primeras impresiones, atravesamos el umbral de la basílica. Necesitaria escribir un año, si tuviese que hacer la descripcion de los infinitos y curiosos detalles de escultura que encierra este templo. En este sentido, Nuestra Señora de Paris es quizá el monumento más rico y más precioso de la edad media. Tanta estátua, tanto dentellon, tanta columna, tanto relieve, tanto arabesco, tanta profusion de trabajo, le quita belleza, porque le quita sencillez; le quita majestad, porque le quita simetría; pero lo que le quita como arte, se lo da como historia; lo que le quita como iglesia, se lo da como conservatorio ó museo. No es una gran arquitectura; pero es un gran libro.

Ciento veinte pilares sostienen las lujosas bóvedas; hemos contado veintisiete capillas, y admiro los bajo-relieves, en bronce dorado, del altar mayor, un precioso grupo de mármol, que representa el descenso de la cruz, la estátua de la Vírgen, la de San Cristóbal, de nueve ó diez metros de altura, y otro grupo de mármol llamado el voto de Luis XIII, que representa una cruz de piedra blanquísima, medio cubierta por un paño con una maestría notable; al pié de la cruz aparece sentada la Vírgen María, teniendo en sus brazos al niño Jesus. Á cada lado de la Vírgen, se ven las figuras de Luis XIII y Luis XIV, que presentan una corona á la madre del Salvador. La escultura de estos verdaderos monumentos no pertenece á la escuela del edificio, por decirlo así; contradicen la lógica del arte; en una palabra, son otros tantos anacronismos, pero al cabo son preciosísimas creaciones de una civilizacion santa y grande, creaciones de un arte sublime, de un arte sin segundo, del arte cristiano, y nuestra fantasía, nuestro sentimiento y nuestra inteligencia se ven fascinados por un encanto irresistible. En un paraíso, tan lleno de esperanzas y de armonías, el alma no piensa; se embriaga y duerme.