Hemos admirado tambien las maderas y el enrejado del coro, los cuadros de Luis de Bologne, de Touvenet, de Hallé, de Coypell y de Felipe de Champagne; los opulentos mausoleos del conde de Harcourt, del cardenal de Belloy, de…. En fin, he admirado tantas cosas, que si las hubiera de decir, seria menester que escribiera un libro, como dije antes. Pero aunque sea de paso, no quiero dejar de hacer mencion de una pintura que nos ha impresionado vivamente. No recuerdo en qué sacristía he visto aquel cuadro; pero recuerdo que lo he visto para no olvidarlo jamás. Este cuadro representa al venerable monseñor Affre, al caritativo y valeroso arzobispo de Paris, herido gravemente por una bala en las barricadas del célebre arrabal de San Antonio, en Junio de 1848, y la bala que se ha extraido de la sangrienta y mortal herida. Hay una verdad tan ingénua, tan provocativa, por decirlo así, en la pintura y un interés tan grande en el asunto, que el espectador no puede menos de quedarse clavado ante aquel lienzo. Aquello es una triple epopeya, una para el arte, otra para la sociedad, otra para la fe.

La gran campana de Nuestra Señora de Paris, la mayor que hay en Francia, pesa treinta mil libras, ó sea mil doscientas arrobas. Como la María de Sevilla, sólo deja oir su voz grave y solemne en los grandes sucesos, ó en las grandes festividades.

Pero aún no he hablado de una de las curiosidades más notables que se encuentran en este curiosísimo monumento. Me refiero al maderámen de la techumbre, cubierto por mil doscientas treinta y seis planchas de plomo, cuyo peso no baja de cinco mil quintales.

Pero se hacia tarde y la cabeza principiaba á dolerme. Habiamos dado demasiado pasto á la inteligencia, á la imaginacion y al sentimiento; experimentaba irresistiblemente la necesidad de respirar al aire libre, de espaciar la vista por el horizonte, é hice una señal imperativa á mi mujer. Salimos y subimos al coche.

A l'hôtel Saint-Antoine, rue Beauregard; al hotel de San Antonio, calle de Buenavista, dije al cochero.

Al poco tiempo atravesábamos el puente, y mi mujer y yo nos mirábamos sin hablar, como si hubiésemos dado cima á una grande empresa, tan grande, que no nos dejaba ni aún aliento para abrir la boca.

El grupo de la Vírgen y del niño Jesus, es una de las cosas que nos han dejado una emocion más agradable y más duradera. Esto no procede únicamente de la maestría de la ejecucion, de la habilidad del artista, sino de otro arte más poderoso, más rico, más maestro, más grande; de un arte que está dentro de aquellas concepciones, y que da vida al mármol y al mismo escultor. En aquellas estátuas hay ese viso de ingenuidad, de candidez, de fervor é inocencia que encontramos en el Evangelio, en ese libro que tantos cristianos ignoran, que tan pocos cristianos leen, que tan pocos cristianos estudian, que tan pocos cristianos entienden; sobre todo, que tan pocos cristianos practican. En aquellas estátuas se ve algo del carácter más santo y expresivo que conoce la historia; algo del tipo más bello, más noble y generoso que venera el mundo; algo de la Vírgen María. La Vírgen María quiere decir: candor, pasion y fe: inocencia, dolor y esperanza. La Vírgen María lleva en sí la idea y la encarnacion de todo un mundo nuevo, es una civilizacion que vale por todas.

Cuando calculé que ya íbamos á entrar en las calles, me asomé por la portezuela, y dirigí un saludo con la mano a Nuestra Señora de Paris, como quien se despide de un amigo.

Pasamos muchas calles, muchas plazas, muchas travesías, muchas callejuelas, que no parecen de Paris, y al atravesar la calle del famoso y novelesco Temple, presenciamos, á despecho nuestro, una escena muy fea y muy repugnante. ¡El egoismo es la más voraz de todas las fieras, el más rastrero de todos los reptiles, el más asqueroso de todos los insectos! Estando avecindado entre los hombres, Dios no tuvo necesidad de crear un infierno para este mundo. Un padre, halagado por ciertas esperanzas de lucro, habia vendido la honra de la menor de sus tres hijas. Aquel hombre (no merece que le demos el nombre venerando de padre) aquel hombre egoista, idiota, cruel, bajaba la cabeza y fumaba su pipa negra. La pobre de su hija, muchacha como de catorce ó quince años, le reconvenia furiosamente en medio de la calle. Estaba pálida como una muerta, desgreñada como una loca, trémula y llorosa como una mujer deshonrada. Allí oimos cosas que no olvidarémos, y de que no podemos dar parte á nuestros benignos lectores.

Llegamos, por fin, á nuestro hotel. Pagué al cochero siete francos, uno de propina, y subimos á nuestra habitacion, que nos pareció el templo de la Paz. ¡Qué silencio tan apacible! ¡Qué dicha!