Repuesto un poco de esa especie de sopor ó letargo que causa en nuestro ánimo la admiracion, principié á meditar sobre lo que habia visto, mientras que mi mujer se ponia un traje de casa. La verdad, me veo turbado; apenas puedo desenredar, si así puede decirse, las primeras ideas y sensaciones. Si en este instante me preguntaran si he visto una iglesia, un alcázar, un panteon ó un baluarte, casi no sabria qué responder.

Efectivamente, Nuestra Señora de Paris nos deja una memoria confusa, tan confusa como deliciosa, porque confuso y delicioso es el arte misto que allí impera. Aquel arte no es un monarca, es un tirano, pero un tirano creador y espléndido.

Al ver el monumento de que hablo, sentimos lo que cuando hallamos muchas huellas como amontonadas y confundidas. El rastro confundido no es un rastro; pero la mente lo adivina. El pensamiento tiene tambien sus goces, y aquella adivinacion es el primero de los goces intelectuales.

La suntuosa catedral de Paris no tiene esos techos despejados, claros, altísimos, atrevidos y majestuosos de la catedral gótica: no tiene tampoco esas bóvedas aplanadas, casi chatas, esa atmósfera oscura, ese horizonte misterioso de la mezquita árabe; no tiene la esbeltez, la elegancia, la virilidad, la pompa sencilla y sublime del palacio griego y toscano. No tiene nada de eso, y todo eso se encuentra allí; si no se encuentra, se conjetura, se presiente, se distingue á lo léjos. Allí se ven mezclados y confundidos el Oriente, la Grecia y la Italia; el palacio, la mezquita y la iglesia. Esto no se ocurre desde luego; pero despues que se reflexiona sobre aquel precioso mosáico, sobre aquella bellísima barbarie, sobre aquella hermosa monstruosidad, encontramos una especie de mesa revuelta, en que no sabemos qué admirar más, si la belleza de las partes, ó el curioso desórden y la rica y fecunda discordancia del conjunto. Gentilidad, cristiandad, feudalismo, renacimiento, arte moderno, todo está allí, como están los haces de miés en una era, desde Júpiter hasta Childeberto, desde Childeberto hasta Mauricio de Sully, desde Mauricio de Sully hasta San Luis, desde San Luis hasta el actual Napoleon. No perdiéndose Nuestra Señora de Paris, no se pierde una gran parte de la historia y del arte de Francia.

Por último, no debo escatimar al nobilísimo edificio que hemos visitado, ya que somos deudores de tan gratos recuerdos, un elogio que, á mi modo de ver, significa mucho. Despues de estar poetizada Nuestra Señora de Paris por el genio de Víctor Hugo, que es un gran genio, Nuestra Señora de Paris parece poética.

Hemos resuelto no salir á la calle para comer. Eso de comer á lo transeunte, á lo bohemio, como si dijéramos al salto de mata, nos fastidia y nos entristece. Hemos llamado á la hija de la lechera, y la hemos encargado salchichon, jamon dulce, sardinas de Nantes, una libra de fresas, un panecillo y una botella de vino Macon.

Mientras que la muchacha nos trae los recados, yo escribo esta revista á la manera que se persigna un cura loco.

La chica llama, mi mujer abre, la muchacha entra, deja nuestro avío, se va, mi compañera pasa la llave, y nos quedamos solos. ¡Qué hermosa es la casa en que vivimos! ¡Qué hermosa es la familia! ¡Qué hermoso es el amor! ¡Qué hermosa tambien es la tranquilidad!

En este sentido, Paris nos ha hecho un gran regalo. En Madrid nos inquietaba un tanto la policía; aquí vivimos en la más perfecta y envidiable calma.

Lector, si el cofre que tienes en tu casa te produce inquietudes profundas; si el cofre que tienes en tu casa te turba el sueño, créeme, tira el cofre á la calle. Pasa por todo, menos por intranquilizar tu espíritu. La tortura del sentimiento y la violencia ejercida sobre nuestra alma, son las dos tiranías más insoportables de este mundo. Esto nos advierte que hay una gran verdad, un gran secreto, una gran ciencia; esto nos advierte que hay un espíritu, y que ese espíritu, esa exhalacion que no se toca, que no se ve, que no se mide, que no se compra ni se vende, es el gran poder de la tierra, el sumo Pontífice de la vida humana.