Sobre la cubierta de mármol blanco de la cómoda, sin mantel, ni servilletas, ni cuchillos, ni tenedores, ni platos, hemos colocado oportunamente el salchichon, el jamon dulce, las sardinas, las fresas, la botella de vino, la de agua y el pan. Aún cuando comemos en casa, esto nos parece una comida de campo. La libertad con que comemos, nos hace creer que nos encontramos en una romería, entre tomillo y alelíes.
Hemos comido opípara y deliciosamente, y aquí doy fin al dia décimo tercero, porque seria muy difícil darle mejor final.
=Dia décimo cuarto=.
El sueldo de la paralítica.—Mis humos caballerescos.—Establecimiento de caldo.—Comida compuesta de tres sopas, de tres platos de carne, de tres legumbres y de tres postres, á franco y medio por persona.—Muñecas que hablan.—Aleluyas.—Almuerzo.—Estéban Lesperut.—Comida.—Soberbia de mi mujer.—Café cantante titulado la Francia Musical.—Teatro de la Gran Opera.—Opera francesa.—Zarzuela española.—Harem europeo.
Salimos muy temprano en busca de algun restaurant que nos acomode, bajo el doble aspecto de estómago y bolsillo. Es indudable que lo hay; ¿qué no hay aquí? Sí, lo hay, digo yo á mi mujer; pero mi mujer me contesta: ¿dónde está? De esto se trata.
No distábamos treinta pasos de nuestro hotel, cuando oigo que me llamaban. Era una pobre muy anciana, á quien habian tirado un sueldo desde un balcon. La pobre estaba paralítica, no podia agacharse para recoger la limosna, y con este fin me habia voceado. La señorita que arrojó el sueldo miraba desde el balcon de un piso segundo, como para ver el desenlace de aquella pequeña aventura. Estoy seguro, de que en España no me habria ocurrido el menor escrúpulo en este instante; pero me hallo en país extranjero; esta circunstancia es una voz de alerta que clama siempre en torno nuestro, y me ví asaltado por un sentimiento singular, muy singular en mí. La señorita miraba desde arriba, la pobre esperaba que yo la sirviese, como era justo y natural; pero yo experimenté entonces que en los españoles existe una mezcla de genio aleman y de genio romano; una mezcla de pensamiento y de fantasía, de concentracion y de ligera idealidad, que describe maravillosamente ese temperamento moral que nosotros llamamos hidalguía española. ¡Desdichado de mí! ¡Cuánto me resta que aprender! ¡Cuánto ignoro! Yo no me creia hidalgo: no suponia en mí ese espíritu caballeresco que caracteriza un siglo y una raza; el siglo feudal y la raza latina; y ahora me encuentro con que ignoraba lo que sucedia en mí propio. Indudablemente tengo algo de raza y de feudo, y de ello pudiera ser testigo la mendiga. En vez de recoger el sueldo, como ella me suplicaba y como esperaba la señorita del balcon, la dí dos sueldos y proseguí mi marcha, aparentando que no habia comprendido.
Ignoro qué impresion haria en mis espectadoras mi rebeldía caballeresca; pero ello es que yo caminaba tan ufano como si hubiera hecho una conquista. Pasada aquella ráfaga de caballerismo, empezó á preocuparme la idea de si habria cometido una falta de caridad, una falta tanto más reprensible cuanto que la habia cometido con una pobre anciana.
Mi mujer quiso disuadirme diciendo:
—¿De qué puede quejarse? La has dado el doble de lo que ella te pedia.
—No, respondí á mi mujer. Puede quejarse de mi soberbia, de mi soberbia con una vieja paralítica. La he dado el doble; pero el dar no prueba que se da bien, puesto que muchas veces la simple dádiva envuelve una afrenta; á veces se da la deshonra.