Si yo estuviese paralítico, si suplicase á un transeunte que me cogiera un cigarro que se me hubiese caido al suelo, y el transeunte me diera dos cigarros suyos, yo no aceptaria de ningun modo su presente, y le llamaria orgulloso, presumido, insensato tal vez. Yo no le pedia los dos cigarros que me da, sino un servicio que no me hace, una obligacion que no cumple; si tú quieres llamar á esto caridad, es una caridad que no me otorga, que me niega con cierto alarde de virtud; pero al cabo me la niega, y yo veria en su alarde de virtud un alarde de vanidad.

Mi mujer me miraba con cierta maravilla, al observar la séria importancia que yo daba á un accidente tan pasajero; pero yo estaba herido por una especie de remordimiento, y no pude menos de proseguir: si aquella mendiga no hubiese perdido, como el hábito horrible de la miseria, la justa apreciacion de su decoro, si no hubiese sacrificado su dignidad al embrutecimiento que sigue siempre al desamparo y á la abyeccion; si con la sensibilidad de su cuerpo no hubiese perdido la sensibilidad de su conciencia; si aquella infeliz vieja viviese para la vida del espíritu, como vive para la vida del abandono, seguramente hubiera despreciado la donacion de mi soberbia, la jactanciosa caridad de mi egoismo; seguramente hubiera despreciado una limosna que no escucha un ruego natural; que da dos monedas, y camina ufana porque ha sido altanera y cruel. Si la pobre inválida existiese para el sentimiento de lo que es, como existe para el sentimiento de lo que sufre, seguramente me hubiera afrentado.

—No, amiga mía, no: si otra cosa crees, te engañas: al menos, mi corazon me dice que te engañas. Todos somos hermanos, ante la religion que nos llama por boca de un viejo: más hermanos todavía, ante la sublime fraternidad de la desgracia y del dolor.

He hecho mal, muy mal, y me pesa. Yo he debido coger el sueldo, dárselo á la inválida, sin perjuicio de añadir mis dos sueldos, ó lo que me hubiera parecido oportuno. He ofendido á la paralítica, y la pido perdon.

Mi mujer hizo ademan de replicarme, sin duda para tranquilizar mis escrúpulos, porque tiene demasiado sentimiento moral para no comprender que la razon estaba de mi parte; quiso contestarme, repito; pero tuve la suerte de que se me ocurriera una observacion, á la cual no resiste nunca una mujer.

—Supon, le dije, que tú no conocieras á tu madre; supon que esa mendiga fuera tu madre, ¿habriamos hecho lo que hicimos?

No, es bien cierto que no. ¿Y con qué derecho exigirias tú que un hombre accediera á las súplicas de tu madre tullida, porque tu madre puede tullirse, cuando tú creyeras que yo he hecho bien no accediendo á las súplicas de aquella inválida, aquella inválida que tambien puede tener hijos, como tu madre te tuvo á tí; aquella inválida de la cual tú pudiste ser hija?

Mi mujer contestó:

—Es verdad.

Al desembocar en la espaciosa calle de Montmartre, vi un letrero hácia la derecha que decia: Établissement de bouillon. (Establecimiento de caldo.)