Si no es al que las hace, á soñadores

Que sólo entienden de llorar sin tregua

Por los vivos y muertos... y aun acaso

Por las hermosas selvas que sin duelo

Indiferente el leñador destruye.

—Pero qué...—alguno exclamará indignado

Al oir mis lamentos—, ¿por ventura

La inmensa torre del reloj se ha hundido

Y no hay ya quien señale nuestras horas

Soñolientas y tardas, como el eco