—¡No, los muertos no vuelven de sus antros!...—
Él era y no era él, mas su recuerdo,
Dormido en lo profundo
Del alma, despertóse con violencia
Rencoroso y adusto.
—No soy yo, ¡pero soy!—murmuró el viento—,
Y vuelvo, amada mía,
Desde la eternidad para dejarte
Ver otra vez mi incrédula sonrisa.
—¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo,