Cuando me hallaba al borde de la tumba—.
Aun has de amar—; y tú, con fiero enojo,
Me respondiste:—¡Nunca!
—¡Ah!, ¿del mudable corazón has visto
Los recónditos pliegues?—
Volví á decirte; y tú, llorando á mares,
Repetiste:—Tú solo, y para siempre.—
Después, era una noche como aquéllas,
Y un rayo de la luna, el mismo acaso
Que á ti y á mí nos alumbró importuno,