Para el alma, que sola luchaba entre tinieblas,

Recorrió los altares, esperando que acaso

Algún rayo celeste brillase al fin en ella.

Y... ¡no fué vano empeño ni ilusión engañosa!...

Suave, tibia, pálida la luz rasgó la bruma

Y penetró en el templo, cual entra la alegría

De súbito en el pecho que las penas anublan.

¡Ya yo no estaba sola!... En armonioso grupo,

Como visión soñada, se dibujó en el aire

De un ángel y una santa el contorno divino,