Rasgándose, libre paso deje al triunfo de los Bruto,

Que asesinados los Césares, ya ni dan premio ni pena...

Pordiosero vergonzante que en cada rincón desierto

Tendiendo la enjuta mano detiene su paso incierto

Para entonar la salmodia, que nadie escucha ni entiende,

Me pareces dolor mío, de quien reniego en buen hora.

¡Huye, pues, del alma enferma! Y tú, nueva y blanca aurora

Toda de promesas harta, sobre mí tu rayos tiende.

III

¡Pensamientos de alas negras!, huid, huid azorados,