Interrumpiendo su cantar, y bañan,

Frías y silenciosas,

Su semblante las lágrimas.

¿Quién levantó tal tempestad de llanto

En aquella alma blanca y sin rencores

Que aceptaba serena su desdicha

Con fe, esperando en los celestes dones?

¡Quién!... El perenne instigador oculto

De la insidiosa duda; el monstruo informe

Que ya es la fiebre del carnal deseo,