Soberbia la mirada,
Y sin ver ni pensar más que en sí misma,
Entre la turba aduladora y mansa
Que la aclamaba sol del universo,
Como noche de horror pudo aclamarla,
Pasó á mi lado y arrollarme quiso
Con su triunfal carroza de oro y nácar;
Yo me aparté, y fijando mis pupilas
En las suyas airadas:
—¡Es la inmodestia!—al conocerla dije,