Cedros de nuestro Líbano, los altos

Gigantescos castaños seculares,

Regalo de los ojos; los robustos

Y centenarios robles, cuyos troncos

De arrugas llenos, monstruos semejaban

De ceño adusto y de mirada torva,

Que hacen pensar en ignorados mundos;

Las encinas vetustas, bajo cuyas

Ramas vagaron en silencio tantos

Tercos, impenitentes soñadores...