Su labio, al rostro, de desprecio llenas

Una tras otra injuria nos lanzaran

—¡Bárbaros!—exclamando.

Y si dijésemos

Que rosas y claveles perfumados

No valdrán nunca, pese á su hermosura,

Lo que un campo de trigo, y allí en donde

Las flores compitieran con las bellas,

Arrastrando el arado, la amarilla

Mies con afán sembráramos