Cánovas vive en su mansión de La Huerta, como un potentado. Muchas veces se ha hablado de esa rica morada en donde vive el primer estadista del mundo actual, según opinan algunos.
Su serre es famosa, la biblioteca mucho más: todo el recinto es un encanto, y la emperatriz de todo eso y de D. Antonio además, es la dama elegante y vivaz a quien los amigos de la casa llaman concisamente «Joaquina»—doña Joaquina de Osma, una espléndida peruana, exuberante de vida, hermosa y culta, que habla el español con la erre parisiense. Cierto es que en las recepciones de Cánovas lo que más se oye hablar es francés.
En casa de Cánovas llama la atención de quien observa la profusión de los desnudos.
Entre tanto rico mueble y obra de arte, mármol, bronce, bibelot, el desnudo se impone. En cada salón os llamará la atención ese detalle.
Sobre todo, en el jardín, si os acercáis a una magnífica gruta, adornada de enredaderas verdes y frescas, en donde el agua cae y gotea armoniosamente, veréis una ninfa de tamaño natural, blanca, de mármol puro y línea admirable y de una gracia mastoidea y calipigia que os hará pensar en muchas mitologías.
Entre todas esas elegancias, la dueña de casa discurre llenando con su amable presencia y animando con su conversación los grupos de invitados en las recepciones.
En esas fiestas el talento del viejo Cánovas chispea.
Quien estas líneas traza, hale visto y oído entre un sinnúmero de personajes de distintas nacionalidades, con un tacto que revelaba la frecuencia de la vida cortesana y diplomática, hablar a cada cual de lo que más de cerca le interesaba, sin olvidar nombres, detalles personales, títulos de libro, cuestiones, anécdotas y toda suerte de asuntos. Y el viejo Cánovas, con la firmeza de quien conoce su poder, vibraba, iba y venía, tan lleno de una brava y contagiosa juventud.