IX
Belgrano te saluda y San Martín y el mundo
americano. El alma latina te decora
con la palma que anuncia el porvenir fecundo,
y una guirnalda fresca y blanca, color de aurora.
Pues tú fuiste aquel fuerte que se reposó un día
después de los horrores terribles de la guerra,
hallando en los amores de la santa Armonía
la esencia más preciosa del zumo de la tierra.
En el dintel de Horacio y en la dantesca sombra,
te vieron las atentas generaciones, alto,
fiel al divino origen del Dios que no se nombra,
desentrañando en oro y esculpiendo en basalto.
Y para mí, Maestro, tu vasta gloria es ésa:
amar los hechos fugaces de la hora,
sobre la ciencia a ciegas, sobre la historia espesa,
la eterna Poesía más clara que la aurora.
Cuando, cual los centauros de metopas y estampas,
ibas en un revuelo de tempestad marcial,
bravo generalísimo, jinete de las pampas,
envuelto ya en el alba de un futuro real,
quizás te acompañaba, junto al corcel guerrero,
la musa de tus años en flor; quizás entonces
pensabas en los épicos exámetros de Homero,
sublimes como mármoles y eternos como bronces.
Y luego ya en tus horas de Néstor Argentino,
sintiendo en ti la fuerza que las edades doma,
te acompañaba el soplo del rudo Gibelino
y Flacco te traía sus músicas de Roma.
Supiste que en el mundo los odios, la mentira,
los celos, las crueles insidias, los espantos,
se esfuman ante el alma celeste de la Lira
que puebla el universo de estrellas y de cantos.
¡Gloria a ti sobre el sistro antiguo y sobre el parche
que ha sonado con duelo a tu fúnebre paso!
¡Gloria sobre el ejército que en lo futuro marche
con los ojos en ti como en sol sin ocaso!