¡Gloria a ti que a Catón y a Marco Aurelio hubiste
rimando versos que eran siempre de cosas puras,
pues las Gracias brindaron a tu espíritu, triste
de pensar, los diamantes de sus minas obscuras!

¡Gloria a ti que en tu tierra, fragante como un nido,
rumorosa como una colmena y agitada
como un mar, ofrendaste, vencedor del olvido,
paladín y poeta, un lauro y una espada!

¡Gloria a ti, pensativo de los grandes momentos,
para traer el triunfo del instante oportuno,
o cuando hechos relámpagos iban tus pensamientos
vibrando en tus vibrantes arengas de tribuno!

¡Ya tu imagen el útil del estatuario copia;
ya el porvenir te nimba con un eterno rayo;
las líricas victorias vierten su cornucopia,
la Fama el clarín alza que dora el sol de Mayo!

¡Gloria a ti que, provecto como el destino plugo,
la ancianidad tuviste más límpida y más bella;
tu enorme catafalco fuera el de Víctor Hugo,
si hubiera en Buenos Aires un Arco de la Estrella!

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